Atentados del 11 de septiembre: la deconstrucción de un paradigma

Hablar de los atentados del 11 de septiembre (11S) del año 2001 es hacer referencia a profundas trasformaciones en el ideario occidental. De igual forma, las dinámicas geopolíticas de los Estados han cambiado drásticamente. Así comienza el nuevo milenio. El siglo XXI experimenta sus inicios heredando la crisis del sistema capitalista y el cuestionamiento de las ideologías de finales del siglo XX.

La caída de “telón de acero” y la consolidación de la hegemonía norteamericana en las relaciones internacionales, sirvieron de preámbulo a un nuevo orden mundial. Este contexto tendría su epicentro mediático, en la considerada por muchos, la capital financiera mundial.

Los elementos semióticos no podrían faltar en esta diatriba histórica. En vivo y directo el mundo observó, cual película hollywoodense, cómo fue “vulnerada” la gran potencia hegemónica en su propio territorio. Asimismo, millones de personas atestiguaron desde sus hogares la destrucción de los símbolos centrales del capitalismo norteamericano, así como del poder político, económico y militar.

EL mensaje era claro, el World Trade Center, el centro mundial del comercio es destruido como el símbolo de la globalización. Asimismo, la hegemonía militar de los Estados Unidos se vio comprometida. Dichos atentados motivaron cuestionamiento a la seguridad de los ciudadanos e incluso de sus propias fuerzas armadas. Todo ello, aunado a la transformación del modo de vida norteamericano, el cual nunca volvió a ser el mismo.

De igual forma, se exacerba la xenofobia.  El negro, el árabe, el latino, el diferente se convierte en sospechoso. Cierran las fronteras procurando que el imaginario colectivo asimile la idea que la maldad y la amenaza provienen del extranjero.

Resulta evidente que toda sociedad puede ser considerada un sistema de interpretación del mundo. Sí son atacados sus símbolos, esa misma sociedad se sentirá amenazada en su totalidad, cuestionando su propia identidad.

Habiendo transcurridos 19 años de los fatídicos atentados, aún sigue siendo un tema cubierto por el velo del misterio y un profundo desconocimiento. Todo ello debido a las matrices mediáticas impuestas por los grandes medios de comunicación occidentales.

En este sentido, para comprender el contexto del 11S, es menester iniciar un proceso de deconstrucción de los paradigmas modernos. También es necesario un análisis sobre los efectos globales que ha tenido en la seguridad, defensa, política exterior, soberanía, medios de comunicación, las leyes y las relaciones societales.

El concepto mayormente abordado al momento de analizar los acontecimientos y las consecuencias del 11S, es el globalmente conocido como “Terrorismo”, siendo este una falacia argumentativa utilizada en la actualidad. Suele ser usada por diferentes Estados para legitimar acciones que potencialmente violenten la “Carta de Naciones Unidas” y la autodeterminación de los países.

El terrorismo comienza a fungir como el nuevo enemigo, ya no es una nación o la amenaza nuclear de la guerra fría. La insipiente excusa de la lucha contra el narcotráfico en Latinoamérica para hacer valer la “Doctrina Monroe” no tuvo el impacto mundial deseado. Era necesario un enemigo, lo suficientemente abstracto para que cualquier persona perteneciente a alguna minoría étnica pudiera ser objeto de señalamientos.

Bajo el contexto de un “estado de sospecha” nace el fenómeno del terrorismo como problema mundialmente reconocido por las potencias económicas. Todo ello ante el temor de tener al enemigo dentro de sus propias fronteras.

Si bien es cierto que estos cambios paradigmáticos se originan en los Estados Unidos, no tomó mucho tiempo para ser exportados y aprovechados conscientemente por otros Estados para avanzar en sus agendas políticas, todo ello por medio del concepto de “Seguridad de Estado” o “Seguridad Nacional”.

El concepto de Seguridad Nacional moderno se ha basado en el modelo Homeland Security”, el cual parte de la necesidad de mantener a la sociedad monitoreada hasta los linderos más profundos de su cotidianidad, fungiendo cual sistema totalitarista al mejor estilo de “1984”, famosa novela distópica de Georges Owel.

En base a esta doctrina de vigilancia, se han modificado diferentes marcos jurídicos haciendo que los Estado incrementen su dependencia en la tecnología para el espionaje masivo de sus ciudadanos y de aquellos elementos que atenten contra el “establishment” impuesto.

Como consecuencia, se crea la “Ley Patriota”, la cual otorgó amplios poderes al gobierno norteamericano bajo la sección 215 que le permite por medio de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) recolectar metadatos telefónicos de millones de estadounidenses.

La ley fue criticada duramente por organizaciones de derechos humanos por ser considerada una restricción de libertades y garantías constitucionales tanto de los estadounidenses como de los extranjeros.

Se pretende que dichas medidas ayuden a “prevenir” futuros ataques terroristas, pero muchas de ellas están provocando alarmantes pérdidas de libertad, privacidad y confianza. Dichas medidas de vigilancia localistas, aunado al factor “miedo” estimulado por la maquinaria mediática del nuevo “policía del mundo”, dieron pie para emprender una cruenta cruzada global “antiterrorista”.

Es en este punto donde las piezas comienzas a engranar. Los grandes conflictos del siglo pasado, han necesitado de un catalizador, una chispa que comenzara la ignición del fuego de la guerra, un casus belli”. Para ello, se construyeron escenarios que justificaran una confrontación de carácter bélico legitimada por la comunidad internacional.

La historia nos proporciona diversos ejemplos de conflictos creados artificialmente bajo el formato de “operaciones de bandera Falsa”, aquellas acciones encubiertas de carácter desestabilizador llevadas a cabo por una nación u organización con el objetivo de simular que dichas acciones son realizadas por otras entidades.

Son diversas las experiencias en este sentido, entre las cuales se encuentran: el hundimiento del USS Maine (1898), el incidente de Mukden ( 1931), el incendio del Reichstag (1933) el incidente Gleiwitz (1939), la Masacre de Katyn (1940), el atentado al Hotel Rey David (1946), el Asunto Lavon (1954), la Operación Gladio (1958), la Operación Northwoods (1962), la Operación Mangosta (1963), el Incidente del Golfo de Tonkìn (1964), la Operación Plan Z Chile (1973), los Atentados de Bali (2002), entre otros.

Las operaciones de falsa bandera utilizadas como pretexto para iniciar una guerra han sido muy habituales a lo largo de la historia. En la actualidad el 11S ha fungido una como herramienta de intervención en favor de las invasiones en Irak, Afganistán, Libia y Siria.

Tales intervenciones, sólo lograron incrementar las acciones terroristas, permitiendo surgimiento de nuevos grupos radicales como el Estado Islámico. En este sentido Washington, lejos de eliminar la amenaza terrorista, lo que ha hecho ha sido provocar su auge a casi 20 años de la caída de las torres gemelas.

El costo en vidas humanas de la “lucha contra el terrorismo” ha sido inmenso. Alrededor de 1 millón de muertos en Irak, 220.000 en Afganistán, 80.000 en Pakistán. Se estima que la cifra de bajas relacionadas de manera directa e indirecta con la guerra contra el terrorismo podría ascender a 2 millones.

A esto se suman los 12 millones de desplazados por la guerra civil en Siria, transformada en un escenario para diversos conflictos: Arabia Saudita-Irán, Turquía- kurdos y en última instancia, Estados Unidos-Rusia.

En el pasado fueron las armas nucleares, luego el narcotráfico, posteriormente el terrorismo entró en escena como factor el generador de agenda mundial. Ahora estamos ante un contexto de pandemia debido a la amenaza del Covid-19.

Aparentemente, en cada contexto histórico hay un hegemón dispuesto a utilizar el miedo como arma de dominación política y social, el cual anida en la mente, quebranta la resistencia, genera pánico y paraliza la disidencia.

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