Antes que patriota hay que saber contar

“El mayor error que podría cometer el conjunto de la izquierda con estas plataformas intelectuales (cercanas a las tesis de la ultraderecha) sería subestimarlas. Ya lo hicieron en los años treinta y los resultados fueron catastróficos…mofarse de las fórmulas de Vox no haré más que fortalecerlas. Sus latiguillos doctrinales no tendrán gran brillantez y son electoralmente insuficientes, pero están encontrando mucho eco en los cuerpos de seguridad y en el seno de la Fuerzas armadas”.

No podía resumir mejor Nicolás Sesma Landrín, en su artículo publicado esta semana en el digital Contexto lo que representa Vox no sólo como partido sino como estado anímico. La moción de censura quizás ha sido un error de cálculo de los de Abascal, quizás no ha servido para nada, pero ni mucho menos es un movimiento en vano por parte de la ultraderecha.

Le dejo a la prensa que necesita titulares y que “pasen cosas” por muy ridículas que sean, las grandes conclusiones de un debate que ha tenido poco de política y mucha de testosterónica, y eso es lo que le va a Vox.

Dicho esto, la izquierda ha cumplido con su papel más que previsible: formalismo, confrontación ideológica y superioridad moral. Sin duda, la izquierda ha perdido una oportunidad de fijar nuevos posicionamientos políticos que animen a la tropa, que disuadan o al menos lo intenten a una parte de sus antiguos votantes que ya no sólo están molestos con “los suyos” más bien les guardan rencor.

Dos mundos que no se entienden. Que se atrincheran en su cosmos

Frente a la idea de recuperar el Frente Popular que ganó democráticamente en 1936, como símbolo del “holocausto republicano”, la diputada de Podemos, Sofía Fernández, hablaba de la “República feministas dónde no tiene cabida su odio (el de Vox)”.

Son dos trincheras que sobre todo por parte de la izquierda conviene fijar, y no moverse ahí. En este caso, la izquierda es responsable de marcar los límites a la ultraderecha que se cree no tener límites.

La politización de la justa causa del feminismo es preocupante. Es obvio que el feminismo es una causa de desigualdades históricas entre hombre y mujer, y que necesita medios políticos para liberarse, pero en el debate de esta semana pasada ambos campos ideológicos usaron el feminismo como escudo ideológico frente al otro.

El feminismo no se puede encallar en una trinchera infinita: frente al bochornoso calificativo de “feminazis” pronunciado por el neo-fascismo, Podemos hablaba de multiculturalismo y de hegemonía del feminismo como causa política.

Los términos “consenso progre” o los descalificativos “delincuentes” o “criminales” propiciados por la ultraderecha hacia la izquierda que gobierna este país, son inaceptables, pero en ellos se esconde el objetivo de aislar a los seguidores de Vox como medio más seguro para crear fantasías ideológicas alejadas de la realidad. Y fuera de la realidad ya sabemos lo que ocurre: caos, odio y mentira

“El nivel de su discurso es de barra de bar” así es como Sofía Fernández (Podemos), atacaba a Vox para intentar desarmar el discurso de estos últimos. Nada más lejos de la realidad. Vox se siente como “el último héroe en una guerra civilizatoria” nada más propicio que un ataque descalificativo hacia ellos para reforzar más sus tesis. Vox vive de lo que dicen de ellos, por muy malo que sea.

Y, en la otra cara de la izquierda, PSOE, fue aún más previsible todo: no hubo autocrítica por parte del Presidente Sánchez por los errores de su gobierno. No hubo un análisis a fondo sobre la situación política de este país.

Y se fue, el de Madrid, directamente a vanagloriar la obra de gobierno, sin más, sin pensar que si alguna cosa tenía sentido en este debate era hablar hacia el público descontento con su gestión, armarles de nuevo de esperanzas y no sólo de gestiones gubernamentales opacas y demasiado generalistas.

¿Fue un error esta moción de censura?

La respuesta a esta pregunta es; ya veremos. Parece que la formación ultraderechista le puso en bandeja al PP de Pablo Casado la escenificación de un cierto distanciamiento, aunque se repercusiones en los pactos de estabilidad en Madrid, Murcia o Andalucía no peligran. Por lo tanto, si todo sigue igual, juego de artificios se dieron esta semana pasada en la derecha.

La izquierda parece salir reforzada, o se dicen los grandes medias, pero si bajamos a la realidad todo sigue empantanado, no hay mucho más que improvisación y una acción gubernamental letárgica que no se suple con una carga ideológica capaz.

Pero, tal y como dijo Teodoro García Egea (PP) en rueda de prensa posterior al primer discurso de Abascal: “antes que ser un patriota hay que saber contar”. O sea, ¿ahora pediremos que la ideología fascista de la formación verde se supedite a los números?

Esa sería una visión de la realidad. La realidad de la ultraderecha es que los números no son aún un problema si de lo que más se habla es de ellos y de sus ideas, sumar es sólo el final de un trayecto de legitimación ideológica.

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