La imborrable huella social y política de Concepción Arenal

Concepción Arenal fue una mujer adelantada a su época. De inteligencia abrumadora, sembró la semilla del feminismo que explotó en la II República, y sentó las bases del trabajo social.

Concepción Arenal, no puedo hallar mejor presentación a esta crónica sobre la exposición que sobre su vida y el siglo XIX se celebra en la Biblioteca Nacional de Madrid, que exhortaros a que volváis a leer y reflexionéis sobre las frases anteriormente vistas, máxime teniendo en cuenta que esta mujer fue muy capaz de publicar cosas como esta en la primera mitad del XIX.

Hoy se alegraría de muchas de vuestras conquistas y seguro que todavía se sorprendería de ese machismo residual, del que por desgracia, aún no hemos sido capaces de desembarazarnos completamente.

Una mujer, en resumen, con una cultura vastísima, a la altura de los más grandes pensadores e intelectuales de la época, pero todavía más meritoria, al haber sido adquirida como en esos años no podía ser de otra manera; de forma prácticamente autodidacta.

Cofundadora en España de la Cruz Roja, había fundado La Voz de la Caridad, órgano que recogía y hacía visibles las aspiraciones y necesidades de todos aquellos que necesitaban ayuda.

Dedicó toda su vida a luchar contra el dolor y a erradicar la injusticia, convencida de que aquel era el principal motor y el origen fundamental del carácter de los hombres y de los pueblos, y por ende de sus odios.

Ejerció el cargo de visitadora de prisiones, aportando soluciones de diseño, organización y humanitarias adelantadas en cien años a su época.

Abogó sin descanso por el incremento de la cultura y los conocimientos en la sociedad, incluso, naturalmente, entre la población reclusa. Y en la medida de sus posibilidades, puso hasta donde pudo los medios para ello, junto con todo su esfuerzo.

Esta frase merece por sí sola una pared.

En ese momento, la esperada República tal parece que tuviese las mismas dudas que ahora veremos en nuestro siglo, cuando se pase la pandemia y podamos empezar a hablar de ello.

El general Riego (el del himno), más o menos cuando nació Concepción Arenal, el 31 de enero de 1920, en El Ferrol, hija de un liberal que fue posteriormente apartado cuando triunfó de nuevo el absolutismo, pese a su brillante hoja de servicios frente a la invasión napoleónica.

Oda a su padre.

 En esa época, los intelectuales y los conspiradores establecían sus famosas tertulias en los diferentes cafés madrileños (hoy solo quedan La Fontana de Oro, el Gijón y el Comercial), pero además se leía en alta voz, lo que permitía a los parroquianos estar al día de las novedades, por muy iletrados que estos fuesen.

Una lectura en el Café de Levante (hoy es la tienda de APPLE).

Leonardo Alenza.

 Episodio de la revolución de 1854.

Eugenio Lucas.

 Este señor fue el marido de Concepción Arenal. Trece años mayor que ella fue el gran amor de su vida. Tras ocho años de feliz matrimonio, falleció tuberculoso a los ocho años del matrimonio dejándole dos hijos.

Retrato de Fernando García Carrasco.

 La ley de imprenta.

En 1858 Arenal se traslada a Potes, donde escribe su libro más divulgado “El visitador del pobre“, pionero del trabajo social. Su paso por las calles de Potes, siempre con su traje talar negro, en invierno y en verano, constituía un acontecimiento y un escándalo, al decir de las gentes “como el de Dante en Florencia”.

Gana un premio de la Academia de Ciencias Sociales y Políticas sobre las diferencias entre filantropía, caridad y beneficencia, pero para poder concursar ha de firmar el texto como escrito por su hijo. Que a la sazón tiene ¡10 años! Descubierta, y tras un gran escándalo, por primera vez la Academia ratifica el premio.

Se traslada posteriormente a La Coruña, en donde visita todos los días a las presas de La Galera, que inspiran su libro “Cartas a los delincuentes”, siendo destituida de su cargo por sus críticas a la violencia ejercida y a la corrupción imperante en el ámbito carcelario.

Publica después, con gran acogida “El reo, el pueblo y el verdugo” contra la pena de muerte, “A todos” dirigida al nuevo estado solicitando la reforma de las prisiones, y “La mujer del porvenir”, anticipo de las reivindicaciones feministas tras la partida de Isabel II.

Algunas de sus frases:

“La verdadera dignidad es el respeto que una persona tiene de sí misma y quien la tiene no puede hacer nada que lo vuelva despreciable a sus propios ojos”.

“La indiferencia para los males de nuestros semejantes, no revela ya solo dureza en el corazón, sino extravío de su inteligencia”.

“Es un error grave y de los más perjudiciales, inculcar a la mujer que su misión única es la de esposa y madre”.

Mirad ahora en este famoso seguidor y discípulo de Goya el ambiente en la cárcel de mujeres de la época.

Mujeres en la cárcel.

Eugenio Lucas.

Concepción Arenal vivirá, tras un periodo en Madrid, en Gijón, Pontevedra y Vigo, como consecuencia de acompañar a su hijo, un reputado ingeniero sobre todo portuario, en sus sucesivos destinos.

Escribe entonces su obra más reputada internacionalmente, “Los estudios penitenciarios”. Merece señalarse su relación por entonces con la británica Buttler, sufragista y abolicionista, a raíz de un folleto contra la prostitución. Abrigó la idea de fundar en España un movimiento similar al que Buttler lideraba en Inglaterra pero fuertes presiones políticas la hicieron desistir.

(Cómo aprovechaban el espacio los barcos negreros, hasta qué punto de indignidad puede llegar el ser humano).

Avergüenza constatar que pese a haber sido los primeros en hablar en el XVI de los Derechos Humanos, fuimos sin embargo de las últimas naciones occidentales en legislar en contra de la lacra de la esclavitud.

Su presencia es constantemente requerida en el extranjero, donde se siguen con interés sus ideas, pero ella, principalmente por motivos de salud, se limita a enviar sus escritos para cada ocasión.

Concepción Arenal sufre ya una bronquitis crónica, colabora con Lázaro Galdiano (otro día os prometo visitaremos su palacio-museo), quien le publica su último libro, “El visitador del preso”, falleciendo en Vigo el 4 de febrero de 1893.

Hoy recibe el reconocimiento de todas las mujeres.

Para algunos (Francisco Mañach), “la mujer más grande del siglo XIX”, para otros demasiado librepensadora. Para los más extremistas, demasiado católica. Pero es innegable su tremenda influencia en toda la generación de feministas de los años veinte, Margarita Nelken, Clara Campoamor o Victoria Kent, y lástima que el malhadado franquismo casi borrase su influencia.

Todos los hombres de bien valoran su figura, y me vais a permitir terminar parafraseando a Cánovas del Castillo, que con ocasión de plantearse la justicia de elevar en su memoria un monumento en cada ciudad de España (en este caso en Madrid), sentenció:

 “… De levantarse (el monumento), cualquier persona inteligente al pasar por delante podrá pensar lo mismo: el monumento no hacía falta, los monumentos se levantan para inmortalizar un nombre; a ella le basta su nombre para ser inmortal”.