Vox y la ultraderecha europea: contradicciones y fascismo

El bajo impacto de la dinámica política de la ultraderecha en España, la ha llevado a buscar alianzas estratégicas con otros grupos conservadores dentro del continente.

Durante las últimas décadas, en Europa las organizaciones políticas de ultraderecha han tenido un repunte en su influencia gubernamental. Se trata de partidos que se han posicionado mediante el uso de discursos marcadamente xenófobo y populista, los cuales buscan beneficiarse de las debilidades de los partidos tradicionales para consolidarse en las estructuras de poder.

En países como Francia, Holanda o Austria los partidos derechistas han alcanzado un considerable apoyo electoral. Por otra parte, en España la ultraderecha, durante gran parte del periodo de vigencia del Régimen del 78, apenas ha dispuesto de espacio político y su discurso ha tenido un impacto muy débil entre el electorado.

Sin embargo, en el año 2018 el surgimiento de VOX, ha añadido un particular impulso dentro del conservadurismo español de cara al electorado. De igual forma, durante los últimos 20 años, en Europa se ha experimentado un auge del espectro político conservador en la vida de los europeos.

En este sentido, se ha manifestado en la palestra pública un nuevo grupo político, la extrema derecha populista, que tras diferentes procesos electorales ha llegado a cargos de poder, así como a una inusual institucionalización política.

Ejemplos de esta realidad ha sido el Frente Nacional (FN) francés o el Freiheitliche Partei Osterreichs (FPO) austríaco. Estos son partidos políticos que se caracterizan por explotar sin complejos el discurso de la inmigración, del racismo o el de la indignación social para incrementar su perfil electoral.

El fenómeno de la ultraderecha en Europa tiene la particularidad de que su posición electoral se manifiesta de manera desigual en los distintos países europeos, aunque su influencia política es cada vez más creciente.

Así, podemos observar que en Holanda (Partido por la Libertad), Austria (FPO), Hungría (Unión Cívica Húngara), Francia (Front National) o Finlandia (Finns Party), la proliferación de la extrema derecha es muy elevado, mientras que en otros países como Portugal o España su relevancia política es mínima e incipiente.

En España el método desintegración y crispación social se contextualiza más en el ámbito político que en el social. En este sentido, la ultraderecha ejerce la continuidad de una praxis política que la ha caracterizado en el tiempo por los discursos hostiles que denotan un intento de normalización del odio.

Todo ello ante la ausencia de una agenda política sistematizada que pueda movilizar voluntades por medio de la razón en vez de la emocionalidad y el rencor. Mediante la tesis “amigo – enemigo”, el conservadurismo español plantea polemizar en cada aspecto de vida para captar atención electoral.

El bajo impacto de la dinámica política derechista en España, la ha obligado a generar alianzas estratégicas con otros grupos conservadores dentro del bloque europeo. Esto puede suponer la creación de un movimiento que podría ser un primer paso para la conformación de un grupo de extrema derecha en la Eurocámara, tras la expulsión del Fidesz del PPE.

En este sentido, el líder de Vox, Santiago Abascal, junto al primer ministro húngaro, Viktor Orban; la presidenta de Rassemblement National, Marine Le Pen; y el líder de la Liga, Matteo Salvini, han suscrito una declaración conjunta sobre el Futuro de Europa en la que rechazan el proceso de federalización que, a juicio de los conservadores, busca imponer en la Unión Europa.

La derecha acusa a la Unión Europea de querer “transformar las instituciones europeas en órganos que prevalezcan sobre las instituciones constitucionales nacionales”. Esta declaración, también fue firmada por el expresidente polaco y del Pis, Lech Kaczynski, y la líder de Fratelli d’Italia, Goigia Meloni.

Los promotores de este documento rechazan la Conferencia sobre el Futuro de Europa porque busca “ampliar las competencias de las instituciones comunitarias y su capacidad de control sobre la soberanía de los Estados miembro“.

Se trata de un discurso conservador que resulta ambiguo y contradictorio, entendiendo que desde hace décadas la Unión Europea ha entregado la soberanía de sus países miembros tras la instauración de una moneda única, así como de medidas neoliberales, cosa que no parece molestar a la derecha.

Asimismo, se hace referencia a la protección de las instituciones nacionales cuando la Organización del Tratado para el Atlántico Norte (OTAN), promovido por los Estadps Unidos, aplica una clara política intervencionista en Europa, siendo estas medidas apoyadas abiertamente por gobiernos con una línea política  de derecha.

En el ámbito económico, la derecha profundiza más en el terreno de las contradicciones al enarbolar un discurso de nacionalismo vacío cuando la troika representada en la Comisión Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), cual triunvirato, imponen sus políticas monetarias, así como sus criterios macroeconómicos sin importar la autodeterminación de la comunidad europea y sus países miembros.

Recurrentemente ante tales medidas, la derecha ha demostrado un irrestricto apoyo.

La derecha europea también hace referencia a la influencia de la izquierda, la cual, a su juicio “amenaza directamente el proyecto originario europeo” y busca imponer “un modelo de sociedad cada vez más alejado de los principios y valores que configuran las raíces cristianas y la historia de Europa“.

Resulta, cuanto menos curioso, el hecho que los basamentos de la derecha se sustente en valores judeo-cristianos cuando han auspiciado campañas militares para invadir, mediante coaliciones multilaterales, pueblos en otros continentes, por ejemplo, la invasión a Libia y la aún vigente guerra en Siria.

El conservadurismo considera que la UE está al servicio de “fuerzas radicales” que aspiran a crear un “superestado” donde no tienen cabida las “tradiciones” ni los “principios morales. Todo ello al mismo tiempo que la derecha auspicia la violación sistematizada de los Derechos Humanos a partir de las restricciones fronterizas y la xenofobia inculcada en la sociedad.

Asimismo, la derecha habla de ética y ciudadanía cuando se deshumaniza al inmigrante y se trasgrede la autodeterminación de cada persona de definir libremente su propia orientación sexual, derecho que por cierto, está en pleno debate por iniciativas como la de Orban en Hungría, donde se ha promulgado ya una ley que limita la difusión de contenido LGTBI entre menores de edad.

El contexto cultural, es un aspecto clave para explicar el surgimiento de los partidos populistas de extrema derecha. Por una parte, la aceptación del marco ideológico de una aparente “nueva derecha” camuflada en propuestas de organizaciones verdes, puede propiciar un crecimiento de estos grupos políticos.

Por otra parte, un contexto de conflictividad o un pasado muy relacionado con periodos autoritarios o fascistas dificulta extremadamente su implantación, como sería el caso de Alemania o España.

Si bien en España, la llamada transición no supuso un cambio sustancial con relación al franquismo, la derecha aún cuenta con una serie de estigmas dentro de la sociedad que bloquea la emergencia de los partidos conservadores.

El reformismo promovido por la monarquía, las élites económicas y los principales partidos políticos de la época, no fue más que una simple reforma del pasado franquista con el objetivo de hacerlo compatible con un sistema democrático que fuera homologable con los vecinos europeos.