Historias olímpicas de un año “no” olímpico

El tercero de la foto: Peter Norman. En 20 segundos ganaron tres medallas y el reconocimiento mundial. En el podio vencieron al racismo y a la injusticia social.

1.968, “Huele a napalm por las mañanas en Vietnam”, “despiertan” a Luther King de “su sueño” y literalmente, “Arde París”.

México, Distrito Federal, 16 de octubre de 1.968. Se celebran los Juegos de la XIX Olimpiada. Consagrarán el salto más largo y sorprendente de la historia, un hombre vuela 9 metros: Bob Beamon. Otro, Jim Hines, romperá la barrera de los 10 segundos en los cien metros y una mujer, Wyomia Tyus, bajará la plusmarca mundial en el hectómetro femenino.

Por si fuera poco, Lee Evans deja una vuelta completa a la pista que nadie repetirá hasta casi acabada la década de los 80. Volviendo a los aires un pionero Dick Fosbury vuela de espaldas sobre el listón, bastante más allá de los 2 metros de altura.

Pero volvamos a ese 16 de octubre. La pista y la altura están dejando marcas para la historia en la velocidad, y se espera que algo parecido ocurra con la marca de los 200 metros lisos.

Los favoritos, como no, son los afroamericanos del equipo de los Estados Unidos: Tommy Smith y John Carlos. En series nadie les ha inquietado, destacar si acaso al buen hacer del australiano Norman y la clasificación de un tercer norteamericano, Larry Quested.

Pistoletazo de salida. Pronto los dos favoritos toman ligera ventaja, y es John Carlos quien hace una de las mejores curvas de la historia. Cuando enfilan la recta de meta Carlos va en cabeza, seguido de cerca de Tommy Smith, ambos como si la imagen quisiera contarnos algo, han adelantado brutalmente ya en la propia curva a Larry Quested, corredor blanco del equipo estadounidense.

Carlos parece favorito. Si la curva ha sido histórica, la recta de meta lo será aún más, con permiso de Michael Johnson y Usain Bolt.

Tommy Smith iguala a Carlos, ambos se disputarán el oro, no será así la disputa ya no es tal, el oro es de Smith que literalmente vuela, zancada ágil y cadencia bestial. Carlos, que lo intenta, sustituye técnica por empuje. En esas descompone su figura y se traba.

Por detrás, la américa blanca de Quested hace una gran carrera. Pero es el australiano Norman el que se encamina hacia la medalla de bronce con permiso del francés Brambuck y el trinitiano Roberts.

Sin embargo la carrera explota. Smith ha hecho la recta de todos los tiempos, levanta los brazos como hará Bolt décadas después, por primera vez un humano ha bajado de los 20 segundos en los 200 metros lisos.

Carlos, intentando vanamente seguir su estela con la técnica de carrera lastrada por el pundonor, es alcanzado por Norman el cual en otra gran recta se alza con la segunda posición. Pero no solo eso, ha batido el récord del continente oceánico y el de su propio país.

Carlos, autor de una de las mejores curvas de la historia queda en una meritoria tercera plaza, una de las mejores carreras de siempre, pero ¿y qué pasaba en el mundo en ese 1.968?

Vietnam, han pasado unos meses de la “Ofensiva del Tet”, la guerrilla socialista vietnamita está humillando a la superpotencia, en abril Martin Luther King es asesinado; Estados Unidos enfrenta disturbios en más de 50 ciudades, el Presidente Johnson libra dos “frentes de guerra”, en el interior se reprime a los norteamericanos descendientes de los esclavos, negros.

En este contexto Smith, Carlos, Lee Evans y otros forman parte del “Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos” el australiano Norman, empático, pronto les muestra solidaridad y colaboración. Cuando se dirigen al podio es ya partícipe y colaborador del acto que marcará la sociedad, sus vidas y romperá techos de cristal.

Los tres lucen insignias del proyecto por los Derechos Humanos, Carlos y Smith tienen previsto usar guantes para representar la pobreza negra, no llevan calzado. Carlos además, lleva el chándal desabrochado en solidaridad con los obreros; porta collares y abalorios para recordar muertes que no se rezan, por los ahorcados en campos de algodones y por los muertos que se ahogaron en el mar (toma nota la Europa del siglo XXI).

Pero hay un problema, Carlos ha olvidado sus guantes en la Villa Olímpica. Es Norman entonces quien casi ya con las medallas en el cuello, y sin que eso ya importe nada a estas alturas, les sugiere que los compartan. El ingenio hará la imagen más icónica aún.

La imagen, como las inmortalizadas por el “matrimonio Robert Capa” es de las que marcan el siglo XX. Dos “Panteras” muestran respeto a todo lo respetable de este mundo, pero no al himno del país que les trata, casi, como lo que hasta hace nada habían sido: esclavos.

Cabezas gachas puños negros en alto y junto a ellos “el tercero de la foto”, que parece un invitado. Que lejos de eso y vaya dignidad la de Peter Norman.

En ese mismo momento los narradoresoccidentales” vomitan odio. ¿Son los mismos que callan o empequeñecen cuando el napalm quema niñas, o afroamericanos mueren en hogueras del “KKK”? Si, más o menos.

Pronto en Australia ven que Norman “ha hecho historia”, se lo cobrarán caro. Aquella “Australia blanca” es hija de la colonización blanca. Smith y Carlos son asimilables a aborígenes australes de segunda (Cathy freeman hará justicia en el 2000) no merecen ser tratados como iguales.

Norman, Carlos y Smith nunca volverán a ser las personas que fueron, el atletismo de súper élite se ha acabado. En esos días el presidente del COI, Avery Brundage clama para que sean expulsados de la Villa, deportados y que se borre de la historia del olimpismo su gesta.

México, país acogedor donde los haya, como lo había sido de centenas de miles de españoles que huyeron del fascismo en la Guerra Civil, se negó aludiendo que los atletas eran sus huéspedes mientras duraran los juegos. A Mr. Brundage no le molestó en su día el saludo nazi en los juegos del  1936 dicho sea.

Al año siguiente los dos afroamericanos  trataron de seguir compitiendo, pero las amenazas de muerte estaban al orden del día para Carlos y Smith, lo intentaron en el fútbol americano, con éxito efímero y nunca pisarían una gran competición.

Pasados los años incluso problemas para encontrar trabajo. Al parecer limpiar coches fue el empleo que la “América de las oportunidades” reservó a nuestros protagonistas. Años de plena subsistencia, la comunidad les fue conociendo, protegiendo y valorando.

Norman fue recibido y tratado como “tonto útil” en las mentes menos inquisidoras, y como “traidor” en las más retorcidamente racistas. Intentó calificar, y lo hizo, para competir en Múnich 1972, pero no fue seleccionado.

Intentó enseñar a niños como correr 200 metros en 20 segundos como él y durante un tiempo ejerció como profesor, pero inexorablemente fue cayendo en la depresión y el alcohol.

Los tres protagonistas crearon un vínculo tal que Carlos y Smith reconocen hoy día a Norman como “Hermano”, “Chocolate Blanco”.

Norman al ser preguntado en Australia la razón de apoyar tal “falta de respeto” simplemente apuntó a la verdad: Australia trataba a los aborígenes como ciudadanos de segunda. Las élites, tan blancas como él, no soportaron el baño de realidad.

Norman fue apartado y repudiado. Cuando llegaron los Juegos Olímpicos de Sidney 2000 el Comité Olímpico Australiano no se acordó de él, si lo hicieron en cambio los afroamericanos. No ha sido hasta hace poco que el parlamento australiano ha reconocido, y pedido perdón, a sus descendientes.

Si, George Peter Norman falleció hace más de 15 años. Corazón grande en todas sus facetas, hasta allí se desplazaron sus dos compañeros a portar su féretro a hombros, de fondo se escuchaba “Carros de Fuego” y “el chocolate blanco y el negro se fundían en uno solo”.

George Peter Norman no pudo volver a ser olímpico pero lleva colgada eternamente la medalla de la solidaridad.