Nos contacta un difunto: la carta del friki muerto

¡Hola!

Finalmente me he muerto.

Realmente, es una sensación muy friki.

No sabría cómo explicarlo bien.

Constante.

Definitiva.

Como si hubiese estado ahí, al lado, todos los días de mi vida.

Sin apreciarlo.

Sin sentirlo.

Sin advertirlo.

No ha sido doloroso (ni ahora lo es).

De repente.

El túnel con la luz al fondo del que tantas veces hemos oído hablar, para, al cabo de un instante, volver casi al mismo sitio.

Pero de otra manera.

Es raro. Muy raro.

Y al mismo tiempo, muy normal.

Todo lo “veo”, lo “siento”, para intentar explicarlo con más propiedad, todavía con mayor nitidez, mas autentico incluso, mas “real”, pero mi capacidad de actuación, de modificar el orden de las cosas, creo que es mínima o nula.

Sólo estar aquí.

Tengo una familia que podríamos considerar normal, y me considero una persona bastante corriente (aunque supongo por otra parte que cada uno de nosotros en su fuero interno siempre se siente un poco especial).

 No sé por qué pongo todavía “tengo”, pero es como me sale.

Tal vez sea por ese estúpido sentido de la propiedad que tenemos sobre otros seres vivos, o quizás pueda ser debido a esa seguridad que nos produce la errónea sensación de  creernos los dueños de su destino.

Sensación si cabe, ahora que lo pienso (o a mejor decir, lo “siento”), ridícula en lo aplicable a las personas, pero que debería hacernos tal vez reflexionar.

Pues ya está.

Ya ha pasado.

Me he muerto.

Pero sigo aquí.

¿Cómo?

Pues intentaré ahora explicar este “nuevo sentido”, totalmente al margen de los cinco tradicionales.

No sé, es muy difícil, creo que me va a resultar casi imposible el poder transmitiros la idea.

Pero allá vamos.

No soy capaz de encontrar una metáfora que facilite vuestra comprensión, no ya apropiada, sino ni tan siquiera aproximada.

Aunque para mí,  lo cierto es que este nuevo estado resulta de lo más fácil de asumir y de lo más sencillo de comprender; es mi forma de ser actual, por extraño que parezca es mi forma “normal”.

Pero ¿cómo puedo explicar que veo sin ojos, que escucho sin oídos, que “siento” sin cerebro?

No lo sé.

Vamos a intentarlo.

No tengo más remedio que pediros un acto de fe y que intentéis comprenderlo.

Si afortunadamente habéis llegado hasta aquí, os felicito y os lo agradezco; intentaré no decepcionaros.

Sigo.

Ahora, los límites, “mis” límites.

Lo que en ningún modo puedo hacer es tocar a nadie.

Ahora que lo pienso, ni tan siquiera puedo actuar. En ningún sentido.

Imposible.

O al menos eso creo.

O es que quizás todavía no he aprendido a hacerlo.

Pero por otra parte, he de confesar que no me siento en absoluto “raro”, ni tan siquiera incomodo.

Este “sexto sentido” me resulta, hasta cierto punto, de algún modo familiar.

Sé ahora que siempre ha estado conmigo, y que ha formado parte intrínseca de mí ser.

Y yo, nosotros, no somos en absoluto conscientes de su existencia.

Cómo diría, es algo así como la carga eléctrica de una batería, o quizás más bien un cierto tipo de campo magnético, o simplemente un depósito de energía almacenada que aún no hemos aprendido a utilizar.

Es una etapa en nuestra carrera evolutiva que aún nos queda por conquistar.

Pensad por favor en lo siguiente: ¿quién no ha sentido (y sabido), que en alguna ocasión alguien le estaba mirando fijamente? ¿Cuántas veces algún conocido nuestro estaba situado a cierta distancia y entre una multitud y hemos sido capaces de localizar instantáneamente su presencia con una extraña precisión?

¿Y cuántas veces estando en un espacio cerrado y más reducido (un vagón del metro por ejemplo, o un autobús), has levantado la mirada dirigiendo la misma justo al único de los pasajeros que estaba observándote?

Y tantas y cuántas veces hemos tenido esa extraña sensación de “dejá vú”, aún a sabiendas de que jamás, en nuestra vida actual, hemos pisado ese lugar ni hemos sentido anteriormente ese ambiente, esos olores que nos rodean; que sabemos que no hemos podido “vivir”  ese momento, que ahora, por el contrario, nos resulta tan terriblemente familiar.

O cuando súbitamente, en vísperas de tomar una grave decisión, de repente parece que alguien guía tus pasos y te ilumina el camino.

Y ya desde ese instante tú ya estás absolutamente seguro de lo que has de hacer, aunque pienses que los resultados puedan incluso ser  negativos para ti, o sepas que de ningún modo podrás eludir las consecuencias.

Pero a lo que me refiero es que tienes la seguridad absoluta de lo que va a suceder, para bien o para mal. Y casi siempre sucede.

Bueno, he intentado explicar esta sensación lo mejor posible. Ahora contaré como me ¿muevo?

Pues resulta que voy de un lado a otro más o menos  al mismo ritmo con el que andaba normalmente, con la salvedad de que si quiero hacerlo más deprisa, puedo ir “corriendo” (a la velocidad con que lo hacía cuando estaba en mi mejor forma), pero atención, sin cansarme en absoluto (lógico por otra parte).

 Y siento una especial predilección por el teatro y por los espectáculos deportivos; de entre los más importantes  estoy totalmente al día, procuro no perderme ninguno.

Ocurre que por otra parte, no soy el único.

Hay un montón.

Noto como la presencia agobiante de otros, aún a veces, antes de verlos.

Asfixiante diría.

Esa carga de energía que es nuestra sustancia (por llamarlo de alguna manera), de algún modo me advierte, y si por descuido nos rozamos u ocupamos por un momento un espacio común la sensación es bastante desagradable. Como de rechazo.

Por buscar un ejemplo es como cuando intentas acercar dos imanes por el mismo polo. Exactamente esa es la sensación, casi te tira para atrás. Como un calambre que te agarrota y hasta te muerde en esos músculos que ya no tienes.

Desconozco por otra parte cuánto tiempo puedo permanecer en este estado, aunque me temo (estoy seguro),  que no demasiado.

Y después de esto, se, también con absoluta seguridad, que ya no hay nada de nada.

Siento quitaros la ilusión o la esperanza a algunos de vosotros, a punto he estado de silenciar la verdad, pero es que te mueres y ya no hay nada fuera de esto.

Después creo que se acaba todo.

Sé que os parecerá increíble. Pero sigo.

Resulta que tenía la imperiosa necesidad de decírselo a alguien.

Y a quien mejor que a vosotros, mis fieles lectores.

Gracias, querido director, primero por creer en mí, y después, por darme la oportunidad de publicarlo en tu digno medio digital, del que tan orgullosos todos tus colaboradores nos sentimos.

Te prevengo que tras esto, y si soy capaz de intentarlo, lo mismo alumbro un libro.

Avisado quedas (y también vosotros).

Queremos leer tu opinión.