La soledad de Lenín Moreno

Varios análisis han surgido alrededor de los resultados de los comicios seccionales ecuatorianos del domingo 24 de marzo. Se han emitido declaraciones, reclamos, ataques, cuestionamientos de todo color y sabor. Al revisar las victorias y derrotas, indudablemente han surgido sorpresas al igual que molestias. Sin embargo, nadie ha destacado, a mi criterio, cuál ha sido la derrota más significativa de la contienda electoral pasada. Esa fue la derrota esplendorosa de Lenín Boltaire Moreno Garcés.

Como bien se sospechaba, la contienda se presentó como un ajuste de cuentas entre el correísmo y el excorreísmo, a diferencia de algunos criterios que asumían que estaba en juego la narrativa del correísmo contra el anticorreísmo. Las seccionales demostraron que, muy a pesar de lo que quieran los detractores, el correísmo y la preocupación de su inevitable retorno siguen marcando la agenda política nacional.

Si bien Alianza País (AP), partido del primer mandatario, no participó activamente en la disputa electoral, fue arrollado sin pena ni gloria al alcanzar paupérrimos resultados en comparación con sus victorias en el año 2014. Apenas llegó a pocas alcaldías y prefecturas en las que participó con alianzas locales intrascendentes.

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Pero cuidado, esta no es la derrota de AP como tal sino la de un gobierno al que se le agotan las opciones por la implosión de la fuerza política hegemónica que dominó el escenario durante los últimos once años. Esa fuerza que llevó al mismo Moreno al poder. Sin tener forma de justificar su existencia o razón de ser, Lenín Moreno se ha encargado de liquidar el poco capital político que aún le quedaba luego de su viraje a la derecha, para obtener lealtad temporal de sectores depredadores de la sociedad.

Si las elecciones del domingo dejan una lección, es que la ciudadanía, acribillada e impotente, utiliza el voto como forma de castigo o rechazo a una actuación miserable que ha afectado gravemente la calidad de vida del pueblo ecuatoriano. Tantas han sido las transgresiones, engaños, errores y descaro que la ciudadanía ha tolerado, que su reacción ha sido el sufragio. Usufructo de un derecho/obligación, la gente se ha pronunciado con contundencia para decir al gobierno basta. Basta de tanta inoperancia, basta de tanto revanchismo, basta de tanta hipocresía.

Sin aprobación o credibilidad, al gran perdedor le quedan pocas posibilidades de maniobra. Arrinconado por su propia incapacidad, lanza gritos desesperados que ya nadie escucha. Sin aprender las lecciones que el pueblo le ha intentado dar.

Unas elecciones plagadas de irregularidades, modificaciones de las reglas del juego a último minuto, cortes de luz y un apagón informático de más de 10 horas de la página web del Consejo Nacional Electoral (CNE), dejan mal sabor y un disgusto que se torna virulento puesto que se suponía que las autoridades designadas por la “transición” debían devolver la institucionalidad que supuestamente faltaba, no aniquilarla.

El viraje a la derecha de Lenín Moreno dejó herida de muerte a Alianza País. Sin embargo, fue su indolencia ante el evidente destrozo institucional el que dejó herido de muerte a Moreno. La ciudadanía ha observado pacientemente cómo políticos de antaño, cucarachas burocráticas y señoritos de abolengo inventado, han cooptado al sector público para fracturarlo en parcelas de poder, pequeños feudos de corruptela y favoritismo.

Bajo la bandera de la lucha contra la corrupción han cometido los más despiadados atropellos contra sus enemigos políticos y detractores. Y, lo que es peor, los más despiadados atropellos contra la institucionalidad misma de la nación, contra su supervivencia como Estado viable, contra la estabilidad misma de los basamentos de nuestra ahora precaria democracia.

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De la persecución y revanchismo también se cansó el electorado. A pesar de una flagrante obstaculización a la participación política de Rafael Correa mediante la judicialización del conflicto político, su partido improvisado e incipiente alcanzó dos de las prefecturas más importantes del país, Manabí y Pichincha. A la distancia, con teléfono en mano y coordinación precaria mediante redes sociales, logró más que algunos caudillos y capataces de hacienda en sus territorios. A pesar del bloqueo mediático y la obstaculización política institucionalizada, Rafael Correa comprobó que es una fuerza política nacional vigente.

En preparación para la siguiente contienda electoral, la del 2021, los actores ya no miran atrás. Miran hacia el futuro en el que Lenín Moreno no está y un futuro en el que Rafael Correa estará omnipresente, aunque les traiga las más terroríficas pesadillas.

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Las élites, que ya han consolidado poder sin legitimidad, buscan la ampliación de su cobertura política. Por eso el sorpresivo despliegue territorial de un Jaime Nebot, quien no realizaba ese ejercicio desde 1996 en que perdió por segunda vez las presidenciales; experiencia replicada también por un Guillermo Lasso, cuyo liderazgo en declive deja abiertas las posibilidades para que surjan actores externos a remover el tablero. El poder y alcance político de ambos sigue siendo sumamente atomizado y local.

Es por esto que la relevancia política de Lenín Moreno tiene fecha de caducidad y esa expiración se aproxima con una velocidad incremental. Los graves indicios de corrupción de Moreno y su familia han empañado al quehacer gubernamental. Mientras se acumulan las evidencias de irregularidades, el gobierno se abalanza furibundo contra los denunciantes. En lugar de aclarar las denuncias, confirma las sospechas con actos desesperados, maniáticos y desproporcionados.

En una actuación atontada tras otra, el propio gobierno se ha encargado de eliminar cualquier pretensión de gobernanza. Al contrario, ha boicoteado su propia gestión al improvisar una agenda de trabajo imperceptible para dedicar sus energías a demostrar una sumisión incondicional a los grupos de poder económico. Los mismos grupos de poder que, tras las elecciones seccionales, pretenden abandonar a Moreno a su triste suerte.

El escenario a corto plazo no se pinta optimista. Las condiciones del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional ni siquiera se han empezado a aplicar y se prevé que la ejecución de esa carta de intención implicará mayores despidos masivos, eliminación de subsidios y alza de impuestos que encarecerán el costo de vida de los ecuatorianos.

El nivel de aprobación de Lenín Moreno ya no puede caer más allá del suelo, pero queda la duda: ¿cuánto más puede aguantar un gobierno sin legitimidad, sin credibilidad y sin proyecto de gobierno? ¿Qué capacidad de maniobra tiene un gobierno inoperante y desprestigiado?

Las elecciones seccionales aclararon varias incógnitas que permeaban el discurso político. Sin embargo, lo que más aclararon fue el futuro cercano de un error histórico como ha sido el gobierno de Lenín Moreno.

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