Solo nos queda darlo todo. Adiós a Kobe Bryant

Hay noches en las que dudo de mí. Estoy inseguro. Tengo miedo al fracaso… Todos tenemos dudas, no hay que negarlo. Pero también no nos rendimos y seguimos adelante. Kobe Bryant.

El deporte, como arte físico y plástico, se encarga de sublimar y exacerbar todo aquello que nos representa como humanos. El sacrificio, el dolor de volver a levantarse tras un duro golpe que (parece) nunca va a cicatrizar, que nunca dejará de hacer daño. La admiración por aquel que consigue triunfar dejándose la piel en cada entrenamiento y cada balón perdido. La tristeza por aquel al que su cuerpo no le deja avanzar y debe amoldarse a una nueva vida alejado del que ha sido su oficio durante más de media vida. También la enemistad y la falta de entendimiento entre compañeros. El egoísmo. La rabia. El desprecio. Kobe Bryantfue todo ello y muchísimo mas.

Podría decirse que era, ante todo y todos, un ganador. Lo cual implica toda clase de problemas pero a su vez, toda una montaña de virtudes y empujes casi invisibles para el ojo humano. Al fin y al cabo, solo uno mismo llega a entender realmente (y nunca del todo) el sacrificio que cuesta conseguir cada pedacito de gloria que construimos. Porque aún no se conoce caso de alguien que se haya superado a sí mismo sin una obsesión que haga las veces de fibras de bambú.

Su caótica y enormérrima leyenda es de sobra conocida por todos y todas. No hace falta repetir sus hazañas, errores y famosísimas anécdotas sobre su trabajo duro. Lo verdaderamente importante, y que ha dejado huella en aquellos que le seguimos con verdadera atención y pasión, es que es crucial servir como ejemplo práctico para que los que vengan detrás puedan ser las mejores versiones de sí mismos.

Él lo fue para su querida “mambacita“, Gigi Bryant, que ahora sigue aprendiendo de él a su vera. En estos casos uno de verdad aparta el ateísmo y quiere creer que existe algo parecido a una sala de espera en el que podamos reencontrarnos con nuestros seres queridos más allá de la vida.

La historia combinada de amor y odio con su eterno compañero Shaquille O’Neal es la representación de una de las mayores catarsis nunca vistas en el deporte global. El cómo la superación a uno mismo a veces ciega y se interpone ante toda amistad y amor que exista. Porque uno primero debe quererse a uno mismo y después a los demás, pero sin olvidarse de ellos. Años después, cuando el tiempo hizo mella e intervino en la melancolía y la regresión a ciertos errores pasados, se reencontró con su amigo Shaq, quien hoy llora profundamente la muerte del cuadro barroco que él nunca pudo ser.

Si me ves pelear con un oso, reza por el oso. Kobe Bryant.

Kobe nos mostró a los profanos del esfuerzo que ser mejor cada día no es una opción, sino una obligación. Quedarse anclado en el ayer y el arrepentimiento solo genera una oleada incesante de continuo dolor e inmovilismo. Por algo es el jugador con más tiros fallados de la historia de la NBA. Por algo saltó a la liga sin pasar por la universidad. Por algo anotó 81 puntos en un partido. Por algo volvió recuperado de sus más fatídicas lesiones. Por algo anotó sesenta puntos en su último partido como profesional. Ese algo era excepcional, era Kobe Bean Bryant.

También era un enamorado de su obsesión. El baloncesto lo era todo en esa cabeza (primero afro y luego calva). Precisamente ese trabajo duro era posible gracias a esa pasión irremediable e insana. Porque hay que amar lo que uno hace para poder dar todo lo posible. Aunque eso signifique aparentar ser un depredador en constante hambruna. Al final, todos acabarán rindiéndose ante esa dedicación y querrán imitarla. Al igual que Kobe imitó al más grande, a Michael Jordan. Porque es importante ser el mejor, pero lo es más aún sentir que de verdad lo eres.

El baloncesto es mi refugio. Mi santuario. Vuelvo a ser un niño en el patio. Todo es luz cuando juego. Kobe Bryant.

Por suerte, la Mamba Negra puede irse en paz sabiendo que ha conseguido que todos queramos ser mejores en parte gracias a él. Sus títulos, su carta de despedida del deporte (que convirtió en un corto que ganó el Oscar) son razones suficientes para ello. Se marcha sabiéndose artífice de las innumerables pequeñas y grandes almas que ha inspirado con su juego y sus palabras.

Y también asumiendo que no puedes asistir a todo el mundo, únicamente a aquellos que se dejen ayudar y acepten la naturaleza de lo que son. Por ello muchos de sus compañeros alguna vez le odiaron. Pero él vivía en paz con eso. Al fin y al cabo, permanecemos por aquí el poco rato que nos dejan estar. Por desgracia, a él y a su hija les rebajaron demasiado su estancia, pero al menos el padre fue tranquilo sabiendo que el tiempo que tuvo lo aprovechó como nadie, haciendo lo que amaba y con la pasión de un demente.

Mañana nos levantaremos otra vez más. Te lo prometo, Kobe. Mamba Mentality. Gracias por todo. Tu mensaje quedará para los que estemos dispuestos a recordarlo. Y eso es mucho más que suficiente.

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