La normalidad de los perplejos

A inicios de marzo, en algún país de Latinoamérica, Alba Maruri entró en coma. El Coronavirus había atacado con la contundencia del Barça de Guardiola, y la paciente, adulta mayor, apenas vivía conectada a un tallarín de vías y sondas.

Días después, el desenlace fatal le fue comunicado a su familia. El cuerpo de Alba fue cremado según la orden gubernamental y entregado a sus deudos. Por la brutalidad de la pandemia y el dolor siempre profundo de la muerte, los familiares quedaron sumidos en un silencio sordo, en un desconcierto profundo. Quedaron perplejos.

La perplejidad se ha apoderado de las sociedades occidentales. El filósofo vasco Daniel Innerarity trata in extensu este tema en “Política para perplejos”, donde afirma “…el riesgo mayor de quien está perplejo es ajustarse a lo políticamente correcto y poco más. También hay desconcierto en relación con qué debemos hacer con aquello poco de lo que estamos seguros […] apenas conocemos la realidad y tampoco sabemos muy bien si es algo a lo que hay que adaptarse o que debe combatirse”.

Ensayo de Innerarity sobre la sociedad de los perplejos y el rol de la política en ella.

La pandemia del COVID-19 ha puesto de manifiesto la perplejidad dominante, que era un fenómeno que estaba cocinándose desde años atrás sazonado por tendencias hemisféricas, como: el relativismo, el googleísmo y la jerarquización enfermiza de la inmediatez.

El relativismo desvanece los absolutos y prescinde de las referencias tradicionales; nos deja, por tanto, carentes de certezas. El googleísmo nos expone a omnimetrías y océanos de información que no somos capaces ni de asimilar, ni de dejar de consultar. La cultura de la inmediatez, por su parte, nos sumerge en espirales de vértigo en los que no hay espacios ni tiempos para la criticidad.

Al final, sin andariveles claros, con severa infoxicación y premura para resolverlo todo, no alcanzamos siquiera a indignarnos, no alcanzamos a asombrarnos. Nos quedamos inactivos, perplejos.

La perplejidad nos devuelve a una nueva caverna de Platón, en la que las sombras y ecos discurren a una velocidad trepidante sin darnos tiempo siquiera de decodificar, ni de entender y mucho menos de proponer. Por eso apenas anhelamos volver a la normalidad, a nuestra antigua zona de confort, a la normalidad de los perplejos.

La vuelta a la normalidad, sin embargo, es inviable. Biológicamente no volvemos. Vamos a construir otras normalidades, como lo sugiere el filósofo esloveno Slavoj Zizek: “quizás otro virus, ideológico y mucho más beneficioso, se propague y con suerte nos infectará: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del estado-nación, una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global”.

Añado: una sociedad que reinserta la capacidad de asombro y de acción; una sociedad que rompe con la normalidad de los perplejos y que exige a los detentadores del poder económico, político, mediático, religioso, patriarcal, etc. que el poder se lo entienda en democracia y la democracia se la entienda como el sistema en el que ni las mayorías ni las oligarquías pueden anteponerse al bien común, a la progresión de derechos y al desarrollo sostenible de todas las capas de la ciudadanía, empezando siempre por las más vulnerables, para que casos como el de Alba Maruri no ocurran nunca más:

Tres semanas después de su muerte, la familia recibió una llamada del hospital: ¡Alba había despertado del coma! En el hospital, bastante venido a menos desde que iniciaron los recortes y despidos por aquello del “Estado obeso“, habían cometido un error y les habían entregado las cenizas de otro cuerpo. Alba estaba viva y pronto sería dada de alta.

¿De quién eran, entonces, las cenizas? ¿Qué cenizas le dieron a la familia cuyo paciente sí había fallecido?¿Por qué en el país en el que ocurrieron estos hechos se recortó el presupuesto de inversión en salud mientras se apuraban 320 millones de dólares para pagar deuda externa? ¿Qué relación existe entre esa decisión y el desastroso manejo de la crisis sanitaria que ha colocado a este país como el peor de Latinoamérica?

Las nuevas sociedades deben moverse entre el asombro, la criticidad y la acción colectiva. Quedarnos en la normalidad de los perplejos será nuestro anatema.

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