Cultura de violencia: mercantilización y cosificación del cuerpo de la mujer

Se dice que la prostitución es el “trabajo más antiguo del mundo”, una afirmación que justifica que en dicho trabajo las personas sean mercancías y además disfraza de “libertad de elección”, la opresión con la que se ejercer este servicio.

Desde sociedades como la griega, la romana o egipcia, se relacionó a determinadas deidades con el sexo, lo cual justificaba el poner al servicios de los hombres el cuerpo de la mujer para satisfacer el deseo sexual masculino. Así la prostitución nace a causa de una sociedad androcentrista, por lo que pone a la mujer en posición desigual, pretendiendo hacer del cuerpo femenino un servicio sexual.

El fenómeno de la prostitución es complejo, hablamos de una de las instituciones creadas por el patriarcado, por la que se refleja la sumisión de la mujer. Pero más allá de eso pretende que se vea como un oficio, cuando realmente es un servicio, en el que se muestran valores como la cosificación sexual, por la que sólo se ven los atributos físicos, anulando la personalidad de la mujer.

De igual forma, un valor intrínsecamente vinculado a este sistema de explotación sería la mercantilización del cuerpo femenino, una práctica que refleja el cuerpo como algo “comprable”, asignándole el atributo de “objeto” para poder consumir. Este es el punto en el que el patriarcado y el capitalismo se unen y someten el sexo de la mujer a las leyes del mercado.

Al proponer regularla estaríamos sosteniendo la cosificación de la mujer, y además estaríamos ignorando lo que realmente trae consigo. La prostitución tiene una realidad múltiple basada en aquellas mujeres que eligen desempeñarse en dicho oficio y aquellos donde las circunstancias la han llevado a ser parte de ese contexto.

Aquellas mujeres que eligen estar en este medio por coacción, representan un 90%, llegan a ejercer este servicio por diversas razones. Muchas de las prostitutas en Europa, por ejemplo, son inmigrantes. Las mafias que trafican con las mujeres se aprovechan de la vulnerabilidad económica de sus países, muchas con esperanzas de salir de aquella situación aceptan ofertas engañosas vía internet.

En tales hechos normalmente están involucrados aduaneros, policías, conocidos, autoridades locales, padres que venden a sus hijas. Otras acogen la prostitución como medio para mejorar la vida tanto de ellas como de sus familiares.

El último caso, es recurrente en mujeres que no tienen la oportunidad de mejorar su calidad de vida, ya que la discriminación que sufre la mujer en el mundo laboral no genera una igualdad de condiciones, para poder elegir libremente que hacer en la vida. Otros factores serían las guerras y la migración.

El mercado del sexo está marcado por la desigualdad, la jerarquía, y el sexismo, esto a su vez vinculado con el género, la clase, etnia y la edad, que habilita la desigualdad y las relaciones de poder. Culturalmente, el deseo masculino juega un papel preponderante y está por encima del deseo de la mujer, la prostitución lo muestra claro, el que paga ejerce su poder sobre la mujer, dejando a un lado sus deseos.

A su vez se justifican estos clubs, porque puede evitar agresiones sexuales, frustraciones en los hombres, ya que ayuda a la “incontenibilidad de tal impulso sexual masculino”, cuando científicamente se ha comprobado que en la medida que se avanza en la escala animal, los factores hormonales disminuyen su influencia a favor de lo cultural.

Además tal impulso sexual sí puede ser controlado, en tal caso es monstruoso imaginar que tal impulso se desahogue con inmigrantes raptadas por la mafia de trata de personas.

Quienes defienden la regulación, alegando que hay mujeres que eligen libremente este oficio, en el que interviene sólo su voluntad, dejan a un lado que se está utilizando al ser humano como una propiedad y objeto de deseos, reafirmado la cosificación de la mujer, validando la nada más por sus atributos físicos. Se estaría validando la cultura de consumo, reafirmando que el capital puede mercantilizar hasta el cuerpo humano.

La crítica no es en términos morales, la crítica va dirigida al sistema que a través de sus regulaciones pretende legitimar la cultura de la violencia. La hipocresía de la sociedad, que no quiere ver la pobreza, la esclavitud y la violencia cuando se presenta en manera de servicio. Se trata de luchar contra la explotación no de legitimarla.

Las relaciones desiguales del poder y que el comercio sexual consagra se dejan de un lado para dar paso a una regulación que no explica el por qué la mayoría de las mujeres recurren a este medio de subsistencia.

Si en realidad existiera igualdad de oportunidades, programas dónde las prostitutas puedan buscar trabajo, o tener recursos y beneficios fuera distinto. Si se pretende regular simplemente, sin tomar en cuenta que el ingreso de la mujer a la prostitución va de la mano con la desigualdad, sólo se logrará que las mafias legitimen tal negocio.

Siendo así, se legislaría por un servicio diseñado para el hombre y el capital, en ninguna condición, ningún ser humano debería a estar al servicio del otro. Por tanto la abolición y no la regulación es la vía.

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