La opinión en elDiario (I): el culo de Ignacio Escolar es aséptico

El otro día volví a empezarme “París era una fiesta”, una de las novelas de Hemingway que más me gustan (reconozco que me la leí en mi más profunda y absurda adolescencia y que me gustó mucho, aunque no entendiera algunas de las cosas que contaba).

En una de las primeras páginas, como si el hijoputa supiera que iba a abrir nuevamente su libro y hubiera colocado pensando en mí aquellas palabras, me encontré una cita que decía algo así como que cuando un periodista termina de escribir un artículo, se siente como si acabara de hacer el amor con la persona a la que quiere y a la que dedica sus pensamientos más íntimos y profundos.

Después de leer aquella frase, decidí no sólo hacer mías las palabras de Papá Hemingway, sino que empecé a reflexionar un poco más sobre ellas: ¿qué narices quería decirme (a mí, sí, a mí) Ernest con aquella oración? ¿qué cojones intenta transmitir?

¿la frase es tan solo un puñado de figuras retóricas que funcionan a modo de relleno literario, o es una lección oculta para todos los jóvenes periodistas que cogen uno de sus libros por primera vez? Sinceramente, quiero pensar que es lo segundo.

Quiero pensar que Hemingway entendía, al igual que yo, que las palabras son instrumentos, armas, herramientas duras y férreas, así como también inquebrantables con la que poder liarse a hostias con el mundo entero si eso es lo que se tercia, copón.

Un buen escritor, ya sea novelista, columnista, periodista, poeta o lo que cojones sea, tiene que ser un cazador en sus propios escritos: tiene que ser un gonzo, un atrevido y un macarra; tiene que ser su propio Ernesto Sabaton y el mismísimo Truman Capote en “A sangre fría”.

En resumidas cuentas, creo que el buen escritor (en este caso, ya que estoy hablando de periodismo, voy a centrarme en el arte de la columna) tiene que ser el que no tiene piedad cuando escribe. Ya nos censuran mucho todos los días en demasiados sitios, como para que también nos coarten en nuestra escritura. Vamos, que en mi hambre y en mi papel mando yo.

De hecho, a pesar de estar relativamente en contra de la columna de opinión (si tienes una opinión en firme sobre algo, pues escribe un ensayo, tío vago), pienso que una de las cosas que la salvan es el chasquido que puede llegar a tener: esa velocidad que el formato te permite, esa macarrería, esos cortes, ese daño que puede llegar a infligir.

Vamos, que lo que mola de este (in)nobilísimo arte es que no deja títere con cabeza. Que no tienes que ser bueno con nadie. Que no tienes que gustar, vaya, que es tu simple opinión y que a quien no le mole pues ajo y agua.

Esto sería la columna ideal para mí, claro, pero hay un tiparraco pseudoprogre que lleva un par de años intentando suavizar la acidez de la columna de opinión y eso es algo que no se puede permitir.

Ese peligro contra la columna de opinión es el señor Ignacio Escolar. Bueno, el auténtico peligro no es sólo el señor Escolar, sino también su periódico elDiario y toda la legión de imitadores inútiles que tiene detrás. De hecho, los peligrosos de verdad son los últimos, por si os lo estáis preguntando.

El problema que tengo no es a título personal con este hombre, ni mucho menos, pues me parece un buen periodista y presupongo que tiene que ser un tipo majete en las distancias cortas.

Tampoco tengo un gran problema con elDiario, pues su medio ha destapado importantes escándalos y casos de corrupción (como lo del máster falso de la Cifuentes, por ejemplo).

Mi auténtico problema es con la sección de opinión que el mencionado periódico tiene. El gran puto problema de ese periódico y de su sección de opinión es que se ha convertido en un grandísimo nido de equidistantes y eso es algo que no me gusta.

elDiario, con el paso de los años, ha crecido hasta posicionarse como uno de los medios de comunicación más importantes del Estado (ojo, que esto último tampoco tiene que ser malo).

Al crecer tanto y no depender de la publicidad, sino de los lectores, ha tenido que suavizarse y no precisamente poco: necesitan que haya gente dispuesta a pagar por el material que publican.

¿Qué ha pasado entonces? Pues que se han convertido en los referentes de una supuesta “izquierda moderada” que a saber de qué sórdido puticlub ha salido.

 

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