Ecuador: la oligarquía no se quita la careta solo para tres años de expolio

Imagino que aún habrá discusión sobre si en Ecuador existe una dictadura. Los hechos hablan por sí solos: golpe de estado en la vicepresidencia; referéndum y consulta inconstitucionales por manipular los tiempos para no dar tiempo a la oposición a organizarse; persecución y encarcelamiento sin pruebas de dirigentes de la oposición (Jorge Glas, Virgilio Hernández, Paola Pabón…), cierre de medios de comunicación, listas negras en las que figuran funcionarios progresistas.

De un Estado que permite a los bancos poseer los medios de comunicación arrebatándoselos a los ciudadanos y a las comunidades, que persigue al que revela el robo bancario (Caso Caterva) y que dispara fuego real frente a los manifestantes que protestan contra sus paquetazos neoliberales, y que se ha establecido en el poder mediante, a efectos prácticos, un golpe de estado, puesto que las urnas no ofrecieron ese resultado, no se puede esperar un proceso electoral con estándares democráticos.

La oligarquía de Ecuador se quitó la careta mostrando su rosto de mirada impasible ante la miseria y sonrisa perversa ante la idea de recuperar el poder. Ha tenido que acercarse tanto a un régimen autoritario para eliminar a la izquierda, que se ha tropezado y ha caído en el terreno de una dictadura. Con las elecciones debe limpiar su imagen, no perder el poder que ha conseguido mostrando al mundo su actitud antidemocrática.

Tal y como pasó en México (fraudes electorales desde 2006 hasta que AMLO consiguió un apoyo tan consistente que se impuso al fraude); Honduras (fraudes electorales y violaciones constitucionales junto con el uso de fondos públicos en la campaña del actual mandatario); Bolivia (postergación constante de la fecha electoral tras el golpe de estado); y Brasil (encarcelación del candidato con mayores posibilidades – el progresista Lula da Silva- tras el golpe a la presidenta Rousseff), en Ecuador existe una voluntad de rentabilizar el golpe a la democracia.

Por suerte para el campo progresista ecuatoriano, comandado por Rafael Correa, la oligarquía de ese país parece tener la misma inteligencia política que su títere Lenín Moreno: tiende igual a cero. En vez de dejar que la izquierda se presente y hacer fraude en las elecciones -que lo harán- para poder negarlo abduciendo una transparencia total en todo el proceso, le da a la Revolución Ciudadana argumentos de peso para denunciar el fraude teniendo la razón de manera objetiva. Otra cosa es la OEA haga oídos sordos y el cerco mediático impida que esa razón objetiva llegue a sonar con la fuerza necesaria para reclamar un conteo de votos que abra la puerta a repetir el proceso electoral con participación y atención internacional.

¿Nadie se acuerda de las elecciones del CPCCS y cómo Moreno fulminó a los cargos elegidos por el pueblo en las urnas porque iban a hacerle una auditoría?

La izquierda de Ecuador debe entender que el poder no lo recuperará hasta que se cumpla una de estas dos condiciones: un apoyo electoral tan superior al de sus enemigos políticos que el fraude aplicado dé como resultado la victoria progresista, como en México; o la generación de un poder popular de mayor potencia y alcance social que la suma de los poderes fácticos ecuatorianos, cuya expresión de movilización en las calles termine por expulsar a la oligarquía del poder generando un escenario de elecciones libres y transparentes.

O esperar el regreso de una democracia representativa -que tenga como valor fundamental la desigualdad, también en lo electoral-, pero la ciudadanía de Ecuador no tiene tiempo para esperar lustros, y la izquierda tiene hoy a su favor las condiciones tanto objetivas como subjetivas, algo que podría cambiar dentro de unos años.

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