Testigos de Jehová en México durante la primera mitad del siglo XX

A partir del triunfo liberal en el año 1860 en México, se abren las puertas a las confesiones distintas a la católica. Benito Juárez estaba convencido de que el protestantismo ayudaría a la prosperidad de la nación, para hacer leer a los indígenas y que se olvidaran de los santos. Esta amistad con las minorías religiosas era estratégica, pues la Iglesia católica era oponente del proyecto liberal de nación.

Ya en el siglo XX, esta minoría religiosa originaria de Estados Unidos pudo implantarse en México gracias al conflicto entre la Iglesia Católica y el Estado, así como a la protección que brindaron los gobiernos surgidos de la Revolución Mexicana a las organizaciones cristianas no católicas.

Hay muy pocos estudios históricos sobre este grupo que no es católico, ni ortodoxo, ni protestante. México alberga la tercera mayor población de testigos de Jehová en el mundo. Convencidos de que la suya es la religión verdadera, siguen el ejemplo de Jesucristo predicando de ciudad en ciudad, impartiendo estudios bíblicos gratuitos.

Argumentan que Satanás gobierna la Tierra y por eso no votan ni participan en actividades políticas ni fuerzas armadas. Para el Estado surgido de la Revolución Mexicana, la Iglesia Católica era uno de sus principales obstáculos, por lo que en la Constitución le quitó muchos de los privilegios y derechos que tenía.

Con Venustiano Carranza y Álvaro Obregón la relación con los católicos no fue amistosa, pero tampoco abiertamente hostil. Ante la agitación obrera y la crisis con Estados Unidos, Plutarco Elías Calles tuvo que pedir apoyo a un sector del norte del país, hostil sobre todo con la Iglesia Católica, y que veía al protestantismo como factor del éxito de Estados Unidos, del cual la mayoría eran adherentes.

Este contexto anticatólico fue propicio para que se formara la primera congregación de Estudiantes de la Biblia en México en 1919. Al poco tiempo, su líder Abel Ortega se introdujo en una variante del culto dirigida por el francés Freytag en Suiza, generando el primer cisma en la historia de los Testigos de Jehová.

Inició así su congregación llamada “El Ángel de Jehová” con sede en su casa al norte de la Ciudad de México. En 1929 el gobierno mexicano se enteró del movimiento en dicho domicilio, dándose a la tarea de verificar si se trataba de un culto religioso para adueñarse del inmueble como propiedad nacional

Ante los argumentos de Abel Ortega, que apelaba al carácter laico de su organización, se dictaminó que se trataba de una asociación de carácter filantrópico, ayudando además que en el lugar no había santos ni objetos de idolatría, y un poco la complacencia de la Secretaría de Gobernación.

Vemos que el gobierno interpretaba y aplicaba la ley restringiendo las actividades de los católicos, pero era bastante tolerante con las minorías religiosas (protestantes, testigos de Jehová, y demás). Este Estado laxo no consideraba sus ritos como actos de culto y podían realizarlos con poca intromisión del gobierno.

La organización también contaba con una publicación llamada “Periódico para todos” (dejó de circular en 1970), la cual trataba mayormente asuntos doctrinarios, y muy poco o casi nada sobre las actividades que realizaba el grupo.

Por otro lado, los Estudiantes de la Biblia (los que no se sumaron a la nueva congregación de Abel Ortega), siguieron su andar por la Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara y Veracruz. En 1927 su templo fue examinado por la sospecha de que fuera religioso, pero libraron bien la supervisión.

Se esforzaron por hacer creer que no eran un grupo religioso, resaltando sus facetas filantrópicas y educativas, además de mostrarse dispuestos a colaborar con el gobierno en beneficio de las clases humildes. Tenían el problema de ser muy pocos miembros: cuando pasaron a llamarse Testigos de Jehová en 1931, tenían en México apenas 82 miembros.

En 1933 hay otro cisma ahora dentro de los Testigos de Jehová, y surge la Asociación Nacional de Estudiantes de la Biblia, con la intención formar una sociedad con elementos y dirigentes mexicanos, desligándose de la Asociación Internacional de E. de la B.

Igual que la corporación de la que se desprendieron, se declaraban enemigos del fanatismo y también buscaron la forma de disfrazar sus actividades ante las autoridades y no ser sujetos de las leyes anticlericales mexicanas. La Asociación Nacional de Estudiantes de la Biblia tuvo una vida corta y al aparecer ya no existe hoy en día.

Durante los primeros años de la década de 1930, aun había agitación religiosa como secuela del conflicto cristero iniciado en 1926, pero el presidente en turno Lázaro Cárdenas entendió que para emprender sus planes sociales y económicos necesitaba la paz con la Iglesia, y moderó el embate a los católicos.

Esta paz se cristalizó con el gobierno de Manuel Ávila Camacho, quien era abiertamente católico. Su gobierno tenía una línea “neutral” que favorecía al catolicismo. Con este respaldo, en 1941 la Iglesia católica se lanza contra protestantes y religiones de origen estadounidense, argumentando que son parte del plan de Washington para dominar el continente americano.

Puede verse que, como otras minorías religiosas, los Testigos de Jehová aprovecharon el conflicto entre el Estado posrevolucionario y la Iglesia católica para poder echar raíces en el país. Por otro lado, no escaparon a los conflictos internos que los llevaron a diversificarse en varias ramas de la misma corriente religiosa.

Con información de Harim B. Gutiérrez, “Apuntes para una historia de los Testigos de Jehová en México: los orígenes, las primeras disidencias y la consolidación de su movimiento, 1919-1944”.

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