Las fronteras contradictorias del siglo XXI

Hace mucho tiempo que desaparecieron las fronteras. Capitalismo y globalización han hecho del mundo un lugar pequeño. No ponemos vallas a las frutas, ropas o tecnologías que vienen de fuera. Sin embargo, sí lo hacemos con las personas.

Desde numerosos medios, se habla de la inmigración como un problema, cuando para nosotros ha sido siempre una solución: mano de obra barata, gente a la que culpar de cualquier catástrofe/ error. El problema se hace latente cuando construimos muros o incorporamos concertinas a los que ya existen.

Y es que en Occidente tenemos un serio problema. Tendemos a pensar que el mundo es nuestro. “¡Ancha es Castilla!”, como decía Mesonero. Negamos la entrada a eso que llamamos nación a todo aquel que consideramos inferior, y que incluso algunos no dudan en tachar de ‘maleante’.

Los llamados países ricos nos hacemos cada día más ricos a base de empobrecer a los países pobres. Y esto se remonta a la época del imperialismo, momento en el que europeos y norteamericanos se creyeron con el derecho a repartirse el mundo a su antojo.

Todos los años vemos como miles de personas pierden la vida frente a las costas de Italia, Grecia o España; y como los medios los convierten en unas simples cifras que desatan el temor entre la población.

“No dejen pasar a los sirios, que entre ellos se camuflan los terroristas”, dicen. “No abran la puerta a los latinos, que vienen a quitarnos el trabajo” se lamentan. Sin embargo, ¡abran la puerta al alemán puntual y serio, al inglés ebrio y arrogante, pues ellos son los que traen riqueza al país!

En este país, la población se lamenta por los maleantes que vienen a quitarnos el trabajo. ¡Y qué trabajo! ¡Si es que se pudiera llamar así! 12 horas al día, 7 días a la semana recolectando fresas, naranjas, aceitunas. ¿A cambio? Sí, 300 euros al mes y una cochera de 10 m2 para compartir con tus otros ocho compañeros.

¿Y todo esto por qué? Porque eres rumano, nigeriano, libio, marroquí o latinoamericano, entre otros muchos. Porque en Occidente sólo nos vales si vienes para potenciar nuestra economía, siempre a cambio de miserias. Pero no si tu intención es tener una vida digna lejos de los desastres que hemos dejado en cada uno de sus países.

Empezando por el imperialismo y terminando por el terrorismo yihadista, todo han sido guerras entre potencias occidentales. Lo hicieron EEUU y Rusia en Afganistán, como lo siguen haciendo en Siria, Palestina o las dos Coreas. También fueron España en el Sáhara, Alemania en los Balcanes, Francia en el Sinaí o Inglaterra en Libia.

¿Cómo negar la entrada a quién tan sólo pide ayuda por el daño que nosotros mismos le estamos provocando?

No permitamos que las multinacionales operen a sus anchas en estos países. Entreguemos recursos y bienes a fin de que recuperen el control de su economía. No impongamos nuestra cultura; no los usemos como carne de cañón en nuestras guerras, y sobre todo, no dejemos de tratarlos como iguales, pues es lo que realmente son.

¡Devolvámosle todo aquello que le llevamos siglos robando! Será así, y solamente así, cómo conseguiremos frenar este “problema”. Y recuerden, todos somos inmigrantes.

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