Honduras: ¡Los Tawahkas!

Los Tawahkas son una etnia amazónica que hace vida en Honduras, cada vez quedan menos y sufren una mayor presión. El exministro Rodolfo Pastor Fallesque relata las experiencias vividas con ellos cuando estaba en el cargo.

Son la misma etnia que los mayangna de Nicaragua, que eran catorce mil antes de la guerra de los 80s; pero en Honduras se llaman tawahkas y son un grupo pequeño.

La última vez que vi, eran unos 5000, pudieran ser menos hoy, y cualquiera diría que se les debería respetar su lugar. El territorio ancestral de los tawahkas, además, debería ser protegido por el Tratado 169 de la OIT.

Habitan en una esquina remota de La Mosquitia, aislada, en el entramado de los grandes afluentes del Patuca, empero, están amenazados por las invasiones y la represa.[1]

Ya no es posible llegar ahí desde el Sur como cuando en 1996 conocí ese territorio, donde se juntan el Guayambre y el Guayape. A la mitad del curso del Río Patuca, entre el nacimiento -cerca de Palestina-, que bajaba los rápidos, serpeando entre peñascos peligrosos de navegar en cualquier época, más en invierno, hasta la desembocadura sosegada, en el delta de las lagunas costeñas frente al Caribe.

Como Dante digo, “a  mitad del camino…”, a dos días de bajada, pernoctando en la playa, entre fogatas para espantar la plaga, donde los gambuceros buscaban oro, y yo, soñaba con la sirena [2]. Una presa nueva interrumpe el trayecto.

Los Tawahkas han vivido por siglos en esa zona, y están asentados en siete aldeas nucleadas alrededor de las mayores: Krausirpe y Krautara [3]. Sus ancestros buscaron refugio ahí contra los miskitu, que los cazaban para convertirlos en esclavos.

Aún cuando hoy cohabitan con ellos, en Wampusirpi, al norte, y son vecinos respetuosos, los tawahkas siguen acogidos a esa soledad, pensando estar a salvo. Aunque según ahora me cuenta su líder Edgardo Benítez, miles de campesinos y muchos nuevos ganaderos se han introducido en La Biósfera para hacer potreros.

Le pregunté por el Río, y me respondió, triste, cada día más seco. Ahí hay fotos del Río, en  Internet, búscalas. La presión sobre su entorno los sofoca. Ni modo, hay que coexistir, dice el guerrero hoy ya viejo [4].

Pero todavía están ahí. En el corazón de la Reserva de la Biósfera Tawahka, vecina de la del Río Plátano.  Siguen viviendo en casas de tabla rajada, sobre palafitos, porque el suelo se empapa de agua como una esponja, y techadas de hojas abundantes en la selva.

En aquella ocasión me acompañaron Olga Joya y María de Suecia, la Embajadora que se bañó desnuda conmigo en el Río. Olga no. Porque pedimos que nos llevaran a bañar y me llevaron a un remanso de transparente agua fresca, en cuyo fondo podían verse las hojas y guijarros y ella se tiró al agua antes que yo pudiera protestar. ¡Me dio pena y tuve que tirarme yo también!

Ellos querían escuela con maestro nativo y un centro de salud con un médico respetuoso. Entonces en 1997, era ministro de cultura. Pusimos una biblioteca en Krausirpe. Ni idea ¿sobrevivió o le llevaron más libros? ni ¿qué pasó con María, la concurrente?

Ya había una presión fuerte en contra de su lengua, sumo, de origen y estructura macro chibcha, igual que el miskitu, una de seis lenguas originarias que se pudieron documentar históricamente, porque se perdieron docenas. El tawahka es multilingüe. Habla también el miskitu, que es del vecino dominante. Y muchos de ellos, el español. Pero los niños que iban a la escuela en español estaban perdiendo la suya que ya peligra.

El principal objetivo de ese viaje, era trabajar con ellos, e IHAH, en un programa piloto de educación bilingüe, liderado por la UNAH, para capacitar maestros de sus propias comunidades, a los que la Secretaría de Educación contratara, para que  les enseñaran el castellano como segunda lengua a los niños, pero conservando su lengua madre ancestral. ¿Demasiado caro?

Un equipo de investigación interdisciplinario e internacional que vivió en el curso medio del Patuca con ellos por un año, además de comprobar la alimentación y el uso del bosque, la botánica, estudio esa lengua y documentó que, aparte de los comunes muchos en español, el tawahka tenía nombres propios para un 90 % y más de las especies animales y vegetales de la selva, y con esos nombres conocían las propiedades farmacológicas, fabriles, nutricionales de esas especies. ¿Cuánto vale ese Tesauro, Dr.?

Documentaron que el tawahka vivía de la selva y del río sin dañarlos. Todo lo sacaba de su medio ambiente inmediato, salvo un poco de vestido, porque ya no se usaba el tuno, sino deshechos occidentales.

Y aunque sembraba un poco de plátano, arroz y frijol en los sotos, además del cacao. El nativo hacía comercio con el cacao seco, según pensaba George Hasemann, al menos desde el posclásico medio, y con  algo de oro en polvo y pepitas que aún hoy le sirven para comprar.

En Krausirpe me quedé varios días, pero es que era ministro, iban a decir que andaba yo de vago. Quién sabe qué hacía la comitiva. Yo visitaba cada día a don Isidro Martínez, uno de los cuatro ancianos, quien me contaba los cuentos, afines a la tradición de las fábulas del tío Conejo, que comparten miskitu y sambo. Me  regaló una flauta hecha de bambú y cera silvestre, o hule sangrado al chicozapote, y una banca que aún adorna mi corredor, trono para un pueblo que no entiende más jerarquía que la edad.

Lo más importante era su cultura, de origen amazónico. No sé desde cuando es católico el tawahka, a diferencia del miskitu, que es dizque moravo. Pero a semejanza del miskitu, el tawahka es panteísta y no se dejaba atribular por ningún dogma. (No hay cura en las comunidades, sino un templo con párroco en el vecino Wampusirpe).

En realidad, se concebía el tawahka como una familia. Y en ese concepto se basaba su práctica de Mano Vuelta, un sistema que todo lo permea de solidaridad e intercambio, según el cual hay que darle la mano al vecino, por ejemplo, si hoy no tuvo caza o pesca, para que mañana él, de vuelta, te comparta la suya. Y así nos vamos sobreviviendo.

Hay que ayudarle a cultivar su parcela al primo, para que te ayude con la tuya, a construir tu casa, a hacer tu canoa (un arte muy calificado y compartido) a excavar la tuya en un cedro grande. El Río era el centro del universo y Tegucigalpa quedaba muy lejos. Incomprensiblemente lejos para muchos.

El Río servía para pescar y acarrear la carga, los plátanos desde la milpa y la caza, también era para bañarse muchas horas cada día todos los niños, hasta la tardía pubertad y el ocaso, el Río se usaba para lavar la poca ropa y para llevar agua a casa. Para abrevar los animales y para amarlo. ¡En los remolinos de las pozas, hay sirenas, que te pueden desear a muerte y te ahogan!

El Mitch también sorprendió al tawahka. También a él se le había olvidado esa fuerza del Río. Que le aterró sus cultivos y le llevó las canoas largas, del tuc tuc, en que nos desplazábamos. Me tocó encontrarme -una semana después del huracán- en la barra con Edgardo, llevaba yo una azúcar y unos granos en el Painkira que poco después naufragaría en Caratasca. Estaba desconcertado, zurumbo por ¡la pérdida! Como que lo hubieran sopapeado.

El agua parda tornaba oro líquido al atardecer, y todavía había una manadita de manatí en Brus Laguna, cuando llevé a Teresa de María para su Luna de Miel, y la hospedé en un cuarto de barracón de 2 por 3 metros frente al agua, aunque ahora ¿ya hay un hotel de cabañas, abandonado?

Desde hace años los tawahkas y los pech (custodios de los petroglifos misteriosos) proponen que se establezca ahí un Centro Biológico. Para servir a ambas biosferas, y educar a jóvenes de ambos pueblos. Piden que les manden a Gustavo Cruz, único biólogo hondureño, que pasó años en la selva, haciendo sus investigaciones, quien también nos hospedó con Teresa en su laboratorio de Las Marías, y que ya debe ser un anciano.

Quieren que ese Biocentro sea una especie de colegio técnico, dedicado al estudio y documentación de la flora y la fauna de sus ríos y selvas, litorales y lagunas. El Estado no entiende, y el proyecto no casa con las prioridades de la cooperación, que ¿quiere conservar, pero invertir en lo visible? Y no en la educación de la gente, ¿que es invisible? Claro.

Fuentes

[1] Hoy ¿en suspenso? las demás; ya después que la primera interrumpió mi camino y el de los peces  que desovan  en los rápidos. Sigue el enlace haciendo click aquí.

[2] Igual para conveniencia se puede contratar en La Ceiba una avioneta que lo lleve a uno a Wampusirpe y desde ahí remontar el río a contracorriente, unas cuatro horas.

[3] Antes, la aldea de Yapuwas era la más poblada, pero según la tradición fue abandonada a mediados de 1947 para huir de una peste que mataba ahí a la gente y tres morían cada día…

[4] Lo otro sería sangre sin fin. Vino a Tegus, Edgardo Benítez, ex precandidato a designado, buscando diálisis para su hijo Denis, y se lo contagiaron de covid en el H.E. me llama y me cuenta hay que comprarlo todo, hasta el papel y el agua… Es triste dice, lo que pasa en nuestro país. No lo olvida en ningún momento, es hondureño, aunque también combatió por los derechos de los sumos en Nicaragua.