La casa del árbol [Cuento]

Como no les abrieron la puerta, ellos la patearon y patearon. Luego de varios intentos lo lograron...

Salieron del conservatorio de música a eso de las 9 de la noche. No era común salir a esa hora; no obstante, el concierto por las fiestas nacionales estaba muy próximo, así que los ensayos eran intensivos, inclusive en fines de semana.

—¿Y si vamos por el libro a mi casa? —preguntó Naty. Después le puedo decir a mi papá para llevarte hasta tu casa, y así tu mamá no te regaña.

Naty le había ofrecido a Julia prestarle el libro El Pianista del guetto de Varsovia, porque según ella, todo aquel que se dice músico tenía que haberlo leído; más se había olvidado de llevarle el libro al conservatorio.

—Sí, pero vamos pronto —contestó Julia, mientras ajustaba la correa del perro—, ya es algo tarde y no le dije a mamá que iba a demorar, además me traje a Dogui y ella no lo sabe.

Hacía más frío que de costumbre, y por el aspecto de las nubes parecía que iba a llover. Caminaron unas cinco cuadras por la avenida El Mirador. La mayoría de tiendas de ropa, zapatos y comida ya estaban cerradas. Había poca gente en las calles. Desde las siete de la noche el pueblo suele pernoctar. La gente en este pueblo suele guardarse temprano, y más en invierno.

Al llegar a una panadería que recién cerraba, Dogui, se detuvo y empezó a ladrar dirigiendo  su mirada hacia atrás. Las chicas no le prestaron mucha atención. Julia haló la correa al perro y siguió caminando y conversando. Unos metros más allá el perro volvió a ladrar. Naty miró al cachorro y se dio cuenta que detrás de ellas venía una vieja camioneta tipo Scooby Doo.

Te fijaste, ese carro que venía detrás de nosotras se detuvo —dijo Naty, mirando a Julia—. Ese carro no es de por aquí, nunca lo había visto. Caminemos más rápido.

— ¿Tú crees que nos estén siguiendo?

—No lo sé, sigamos caminando hasta llegar al parque central, y sí aún nos siguen, coges al perrito y corremos hacia el mercado, viramos y vamos hacia el bosque del Saar.

— ¿Al bosque?, ¡estás loca!, allí será más fácil que nos hagan algo.

Julia, mi casa aún está lejos, ya casi no hay gente en las calles, confía en mí, sé lo que hago.

Julia se quedó pensando en las palabras que le dijo su amiga.

Dos cuadras más adelante la camioneta aún las seguía sigilosamente. Unos metros antes de llegar las jóvenes echaron a correr y se adentraron al parque central. La catedral estaba aún abierta porque había una anciana rezando. Julia se detuvo.

—Entremos a la iglesia, el padre nos ayudará —sugirió ella.

—No, a la iglesia no —respondió Naty, aunque por un momento dudo—. Sigamos que nos van alcanzar.

La camioneta aceleró, y como no pudo meterse al parque viró en la siguiente cuadra para emboscarlas por detrás del mercado.

—Parece que los perdimos —comentó Julia, algo aliviada al llegar a la esquina del mercado.

— ¡Corre Julia corre! ¡Ahí vienen! —gritó Naty al verlos de repente, y le señaló a su amiga el camino hacia el bosque del Saar.

Las chicas entraron al bosque y la camioneta fue tras ellas, no obstante, como el camino era muy estrecho para los carros, no pudieron avanzar. Así que se bajaron del carro. Eran tres hombres. Naty y Julia siguieron corriendo lo más rápido que pudieron, aunque la fatiga y el miedo les estaban ganando.

—No puedo Naty, no puedo —dijo Julia, jadeando.

—Trae, yo llevo al perro, vamos, ya falta poco, tengo un lugar seguro donde podemos escondernos.

Siguieron corriendo varios metros, estaban muy exhaustas, y la lluvia que ya había empezado, hacía más difícil el camino. Sus zapatos se llenaron de fango.

—Es por aquí —dijo Naty y señaló una pequeña casa en un enorme árbol de Guayacán que llevaba ahí alrededor de quinientos años—. ¡Pronto!, subamos,  aquí estaremos bien.

Julia asintió algo desconfiada. Treparon rápido por la escalera, Naty sacó las llaves que había guardado en el bolsillo derecho del abrigo, abrieron la puerta. Se sacaron los zapatos en la entrada para no dejar huellas de lodo, los metieron en la mochila de Naty, entraron y cerraron la puerta solo con el pequeño picaporte.

La casa tenía alrededor de tres metros cuadrados, cuatro pequeñas ventanas que en ese momento estaban cerradas, una en cada lado. El tronco del árbol pasaba por el centro de la casa. Una mesa y una silla ubicadas junto a una de las ventanas. En una esquina tenía una cama de una plaza, cuyas sábanas y cobijas parecían aún nuevas. Un extraño cuadro colocado por encima de la cama y un bombillo sencillo que había sido colgado de una de las gruesas ramas del árbol.

Julia, escúchame bien, mete el perro en la mochila, párate junto a mí y pon las palmas de las manos una sobre la otra en el tronco y acerca tu frente a las manos —dijo Naty, muy apresurada y mostrándole cómo tenía que hacerlo—. Y no te despegues de ahí por nada del mundo.

— ¿Para qué? —preguntó Julia, confundida y aterrorizada—. ¿Qué es esto? Nos van a atrapar.

—Luego te explico —respondió, llevándose el dedo índice a la boca en señal de silencio—. Ahora cierra los ojos, no digas nada y haz lo que te dije. Confía en mí. No nos van a hacer daño.

A Julia le temblaban las piernas y le sudaban las manos, estaba a punto de llorar.  Entonces obedeció el pedido de Naty, ubicó las manos en el tronco, acercó su cabeza y cerró los ojos. Una intensa luz violeta que se movía en forma de espiral se encendió en todo el tronco. Toda la casa se iluminó por varios segundos. Julia quería abrir los ojos; sin embargo, la intensidad de la luz no se lo permitía. Sus manos no sentían la textura de la madera, era como si el tronco hubiera desaparecido al tocarlo. Una sensación parecida a flotar o volar era lo que experimentaban en ese momento. Sus pies no tocaban el piso. El cachorro, que había sido metido en la mochila, y que tenía solo su cabeza fuera de ella, en ese momento empezó a ladrar y aullar.

Los hombres que las venían siguiendo llegaron al lugar donde estaba la casa. Y como desde la tarde las habían estado esperando, ahora que las tenían tan cerca no perderían la oportunidad de lograr su cometido. Era casi imposible que ellas pudieran escapar.

— Subieron a ese árbol. ¡Vamos! —dijo uno de los individuos—. No tienen escapatoria.

Prendieron una linterna que habían llevado. Treparon las escaleras. Ellas podían oír los pasos en los escalones, sin embargo, los percibían algo lejanos. Al ver que la puerta estaba cerrada empezaron a golpearla una y otra vez. Por la rendija entre el piso y la puerta se podía ver la luz violeta, aunque con menos intensidad. Los aullidos del perro se seguían escuchando, pero ya no tan cerca.

— ¡Abran la puerta!, sabemos que están ahí —dijeron, muy enfurecidos.

Como no les abrieron la puerta, ellos la patearon y patearon. Luego de varios intentos lo lograron. Al entrar no se podía ver absolutamente nada, todo estaba muy oscuro. Una especie de niebla color negro opacaba la visión. La luz que vieron por la rendija de la puerta había desaparecido. Uno de ellos encontró el interruptor del bombillo y lo encendió. Se sorprendieron al ver que el color de la luz no era el mismo que habían visto debajo de la puerta. Revisaron cada rincón de la pequeña casa. Echaron un vistazo por la ventana para ver si no habían escalado más arriba o saltado de la casa, pero era imposible, las ventanas estaban aseguradas desde el interior. Se miraron confundidos al no poder entender lo que estaba pasando. No había nadie adentro, la casa del árbol estaba vacía.