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Las dos Españas

 

Todo artista que se precie busca con sus obras seducir, impresionar, conmover al espectador. No podía ser de otro modo con nuestro amigo  Kike Ortega, del que reciente y merecidamente hemos glosado su última exposición, de la que nos ha parecido oportuno dedicar este artículo de opinión al problema más grave que yo creo nos afecta en nuestra realidad diaria, incluso en nuestra convivencia, que es el de la excesiva bipolarización, el del partidismo acérrimo, el de la falta de empatía, en definitiva el de la incomunicación entre las dos principales opciones políticas.

Perdonad por el título, expresamente buscado para llamar vuestra atención, ya que la referencia de Machado estoy convencido no tiene nada que ver respecto de la situación política actual comparada con la de hace casi un siglo, aunque como veréis, si que desgraciadamente perduran algunos preocupantes puntos en común.

Henos aquí, precisamente a espaldas del Congreso de los Diputados como podéis ver, apenas conscientes por el triste hecho de que la conversación sobre la actual situación política se haya convertido en un anatema excepto en las conversaciones con nuestros afines, y mucho menos parecemos preocuparnos excesivamente por ello.

Y si deberíamos estarlo, cree Kike Ortega y creo yo también después de escuchar su explicación, junto a otro colega de Usera (el nuevo Soho madrileño por su profusión de nuevas galerías alternativas y casi clandestinas, ya no es solo nuestro particular Chinatawn, quizás beneficiado el barrio por la relativa cercanía al Matadero).

Alucinaba Kike, con su locuacidad y vehemencia habitual (este adorable tipo es, además de un filosófico pozo de sabiduría, en si ya un espectáculo cuando literalmente “nos empuja” con sus argumentos a reflexionar), porque apenas seamos conscientes de que en las cenas familiares de Navidad, en las reuniones de empresa, en los cumpleaños, el tema de la política sea un tema tabú, precisamente conscientes de que muchas relaciones familiares, relaciones de amistad, e incluso relaciones profesionales se han visto resentidas o hasta definitivamente dañadas por este motivo, la política.

Nos explica Kike Ortega que para intentar el dialogo con el espectador en esta obra sobre este tema que tanto le preocupaba, rescató ese busto enmascarado cual nuevo Anibal Leckter  (pero este sin poder expresarse ni mirar), totalmente embutido, encorsetado en la máscara (y que por otra parte espero un día Kike me cuente si quiere que mala experiencia le empujo a su creación), rescató como digo ese busto, le dotó de un compañero (este si ve), y les situó espalda contra espalda, sin ningún atisbo de poder (ni querer) comunicarse, sobre una bandera española  (sin símbolos), la más antigua que fue capaz de hallar. Y entre ambos coloca un ejemplar de la Constitución, que con su fino humor gallego, y este es un secreto que desvelo, rellenado por este bibliófilo con una antigua novela del XIX. Colijo yo, y me gusta pensar, que para eso precisamente nos ha expuesto tan acertadamente el artista el problema sobre que tal vez lo más importante de la Constitución puede que en realidad no sea en si lo que actualmente esté escrito (que como sabemos se puede cuestionar y sin problemas también se puede cambiar), sino un símbolo de convergencia, de unión total, que siempre y en cada momento sirva para que todos nos sintamos parte integrante y efectiva de un mismo proyecto.

El denominador común, vaya.

Y para su feliz alumbramiento, no conviene olvidarlo, unos renunciaron a perpetuar el franquismo, admitiendo ideas tan ajenas a ellos como el mismo establecimiento de unas normas democráticas de convivencia, y asimismo, otros también renunciaron al modelo de estado legalmente constituido en el momento de la rebelión, a su bandera, a exigir una  reparación y si me apuran, a su justa venganza.

Y a juzgar sus crímenes.

¿Dónde está el origen de este distanciamiento actual, de este odio, y sobre todo, quien o quienes pueden ser los responsables?

Se cumplen estos días veinte años del 11-M, en el atentado más trágico y más terrible de nuestra historia murieron 191 personas y 1.857 resultaron heridas, mas el GEO fallecido después de que se inmolaran siete terroristas islamistas en Leganés.

Y yo pienso que fue a partir de ese infausto momento en que se quebró la confianza, la naturalidad con que hasta entonces habíamos enfocado los españoles el tema político, pasando en esos aciagos tres días que mediaron entre el atentado y las elecciones, de estar todos unidos detrás de ese horror a abrirse una inmensa sima, cada vez más profunda, ante el reconocimiento desde dos opuestos puntos de vista de hasta donde se puede llegar por defender el poder o fabricar una mentira, por muy abyecta que esta sea y la capacidad, o mejor dicho el estomago que hay que tener para “disculpar” o justificar las mayores tropelías o aberraciones, que en una situación “normal” nos repugnarían, pero que, cuando los hechos o el relato de los mismos son hábilmente MANIPULADOS y el resultado de esta manipulación coincide con lo que en el fondo puede beneficiara a nuestra opción política (o perjudica a la opuesta, que esto también es otra historia), nuestra tragaderas pueden resultar infinitas.

Hay que recordar que el Partido Popular perdió aquellas elecciones precisamente por la falacia de intentar a toda costa vender la autoría de la banda terrorista ETA en el sangriento atentado. La credibilidad de Aznar ya estaba bajo mínimos tras habernos arrastrado a entrar en una guerra basada en las mentiras sobre las armas de destrucción masivas que supuestamente él y sus socios de las Azores atribuían a Irak.

La ciudadanía exigió conocer la verdad, no perdonó que su gobierno le mintiese. Pero……, y aquí viene lo que resultaría grotesco y ridículo de no estar jugando durante años  con el dolor de todas las familias afectadas; inmediatamente después de producirse el inesperado vuelco electoral, se desató una falaz campaña de intoxicación, de propagación de bulos, de teorías conspiranoicas, de sembrar dudas sobre la actuación de policías así como sobre fallos en la instrucción e incluso sobre la imparcialidad de los jueces, que por desgracia aún no ha concluido.

Y todo ello desde los medios afines, la TVE de Urdaci en los primeros momentos mientras tuvieron el poder, Telemadrid  y sobre todo la radio de los obispos, la COPE , con su adalid Jiménez Lósanos (posteriormente llegó a facilitarse durante días en la ondas el teléfono de ABC para que los suscriptores se diesen de baja, al apartarse por vergüenza periodística este diario de abrigar dudas sobre la autoría islamista del atentado-perdieron 20.000 suscriptores, lo que le costó el puesto a su director J.A. Zarzalejos-), y el periódico El Mundo de Pedro J. Ramírez, entre otros, refrendado por las intervenciones parlamentarias o entrevistas periodísticas de los miembros del PP que casi siempre daban pábulo a estos rumores o en ocasiones incluso los inauguraban.

Y nada resulta más peligroso para la pervivencia pacifica de una sociedad democrática que la desconfianza en sus instituciones, y esto es precisamente lo que con este método de intoxicación sistemática se ha estado sembrando durante años.

Y el argumento definitivo que propongo yo para salir de esta cerril cerrazón: usemos nuestras pequeñas células grises, que diría Poirot, y pensemos por un momento en la altura moral, en la talla intelectual de aquellos que reciben nuestra inquebrantable lealtad y nuestro  incondicional apoyo.

¿Realmente lo merecen?

Los que ya somos talluditos, recordamos habernos deleitado escuchando en el Congreso de los Diputados, independientemente del partido político a que perteneciesen, e incluso si en el fondo sus ideas no coincidían con las nuestras, debatir haciendo gala de una vastísima cultura y en ocasiones con un innegable ingenio a personalidades de la talla de Alberti, Semprún, el ácido Alfonso Guerra, y en las bancadas opuestas gentes como el mismísimo Fraga o Herrero de Miñón.

Como veis, nada que ver con el yermo páramo actual en el que parece echarse en falta como Presidente del Congreso concediendo la palabra a un diputado, a un Esopo redivivo, que como todos recordáis en sus fábulas tenía la facultad de hacer hablar a los animales.

Compañeros, seguid manteniendo vuestras ideas, pero por favor, no olvidéis valorar hasta que punto nuestros dirigentes merecen vuestra lealtad, o si realmente valen la pérdida de un buen amigo o la enemistad de un familiar.

Que yo creo que no.

 

Saludos.