Honduras: la tormenta perfecta para el peor capitán

Quisiera confiar en el análisis de los modelos matemáticos que fríamente valoran la crisis del sistema neoliberal atribuida al COVID-19, y encontrar allí las soluciones, si es que las hay. Y me pregunto, ¿sería objetivo?

Yo no puedo creer en la veracidad de datos generados por un sistema cimentado en números producidos sobre pantalla verde. Un tweet aguanta con todo, y el comandante del buque insignia, de la naciones-estado al servicio de las corporaciones, lo sabe. Con una mano en el móvil y otra en el timón.

¿Remontará la ola?

A partir de la analogía me permito apuntar que no sólo el gran Estados Unidos de Norteamérica, líder y piloto, se encuentra a merced de las caprichosas decisiones de su capitán Donald Trump. El buque del modelo económico, hace aguas.

Hunde al hemisferio hasta el cubre bocas, afectando de manera especial a países sin aros salvavidas suficientes ni soberanía política, y con roles de relleno en la tragedia trumpiana. De allí la importancia de relatar cómo sienten los efectos de la tormenta en las cubiertas del fondo del Titanic, donde están los ciudadanos de a pie. Sí, los que sólo tienen eso para buscarse el día, sus propias osamentas, que ya de carnes van bastante faltos.

Si Italia y España sobrellevan la indiferencia de sus pares comunitarios, hay países en los que sus poblaciones sufren tanto por la ineptitud y corrupción de los gobiernos, y pese a ello nuestras narrativas no llegan al top de los medios, ni siquiera en Youtube.

Como ejemplo me referiré con “traseros del mundo” a países como Honduras, y mencionaré comparativamente a Colombia y Ecuador.

No son los únicos países con liderazgos tutelados por el Comando Sur sí o sí, pero Juan Orlando Hernández (JOH), el gobernante de facto de Honduras que nunca ganó una elección, un cruce entre mini-Chapo y mini-Hitler, es por mérito propio la chiguagua negra descarriada.

Como se verá, le lleva la delantera incluso a Lenín Moreno que ya es decir bastante. Al ecuatoriano lo menciono a propósito, como cruel ironía en la disputa por la peor gestión de la emergencia COVID-19.

Cadáveres hay en Honduras igual que en Guayaquil, aunque no los veamos en los medios oficiales. Sin adjetivos. Féretros abandonados por las propias autoridades en los cementerios sin darles sepultura. ¿Qué es eso?

El Comandante de la Brigada 101, el Coronel Roosevelt Hernández a cargo de transportar alimentos para las familias en calamidad doméstica, en la ya paupérrima zona sur, fue separado del mando por denunciar que SINAGER (Servicio Nacional de Emergencias) únicamente distribuye alimentos a los partidarios de Juan Orlando Hernández.

Al igual que su jefe Donald Trump, está en abierta campaña re-electorera, aunque la constitución hondureña se lo prohíbe.

El Coronel Roosevelt Hernández, ingenuamente, en una sarcástica coincidencia, al igual que el comandante del portaviones USS Theodore Roosevelt, creyó que, entre sus funciones, tenía el deber de preservar las vidas de las personas en el ámbito de su jurisdicción.

Así mismo, JOH despidió a otros ingenuos: a la epidemióloga que denunció la compra fraudulenta de respiradores en un supermercado de Miami, no certificados para uso médico hospitalario. Como en un episodio más de los disparates de los dictadores latinoamericanos, el propio Hernández viajó a Miami en jet presidencial, a realizar esa compra de respiradores desechables, que tomó de la estantería de aquella cadena de supermercados, reconocida porque se especializa en la venta de productos de descuento.

También, despidió al Director del Hospital Militar, que filtró la lista de recursos asignados a la protección exclusiva de la familia Hernández; pero sí dejó en su cargo a los funcionarios denunciados por corrupción, en adquisiciones amañadas de insumos, supuestamente adquiridos para atender la emergencia.

Como ejemplo inevitable, las famosas tiendas para desinfección nadie las ha visto en ninguno de los puertos aéreos, marítimos ni terrestres, pero las facturas sí aparecen en la contabilidad de SINAGER ya pagadas y cobradas.

No se requiere mucha investigación para encontrar los nombres de la propia dirigencia del Partido Nacional, el partido de gobierno, y de los mismos empresarios que son sus habituales cómplices.

Los médicos y personal de salud compran de su bolsillo los equipos de bioprotección que usan, y la Secretaria de Salud los ha obligado a firmar sendas cartas de confidencialidad, comprometiéndolos a no denunciar la falta de insumos o serán despedidos. Incluso se les podría aplicar el Código Penal, en sus articulados de delitos contra la salud.

Al día de hoy el Colegio Médico de Honduras a través de su presidenta, la neumóloga Suyapa Figueroa, desaprueba la gestión del gobierno, y exige se permita que profesionales de la salud, y no activistas políticos de Hernández administren la crisis.

Al mismo tiempo que el Director del Instituto de Hondureño de Seguridad Social (IHSS) en San Pedro Sula, Dr. Omar Hanania, desmentía los datos del gobierno, afirmando que los fallecidos por COVID-19 en esa región son más del triple de las muertes que anuncia SINAGER.

En Honduras, ni un cadáver ha sido objeto de una autopsia. El presidente de los médicos del IHSS, Dr. Carlos Humaña considera que Honduras se encuentra ya en fase 4; y para el día lunes 13 de abril, los médicos de San Pedro Sula, epicentro del COVID-19, han anunciado que irían a un paro de brazos caídos, como protesta por la falta de equipos de bioseguridad.

Esa región es sede de la industria maquiladora, a la que el gobierno de Juan Orlando Hernández, permitió continuar labores después que se declarara la emergencia.

Los hospitales siguen sin recibir los insumos y medicamentos a pesar de que, entre enero y abril, el gobierno de honduras ha destinado más de 80 mil millones de lempiras, más de 3 mil millones de dólares, para combatir los efectos del COVID-19, según datos de FOSDEH (Foro Social de la Deuda Externa y Desarrollo de Honduras. Es la cifra más alta de la región y los peores resultados. ¿Dónde están esos fondos? Se pregunta la sociedad hondureña.

De acuerdo a una proyección de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, el número de infectados llegaría a los tres millones, en un país con una población de poco más de 9 millones de habitantes. La población económicamente activa es de menos de un millón y medio. Es fácil entonces sacar conclusiones y proyectar escenarios.

No sé si tendrá sentido en una era post COVID-19, pero así comienzan los grandes éxodos humanos y en estas latitudes la migración ya es una solución endémica.

Incluí a Colombia en la flotilla, en parte porque es el antecedente putativo del narco-estado catracho, la mamá de los pollitos, inspiración de la narco-estructura hondureña.

Pero también porque, así como en Honduras gobierna Hernández impuesto por La Casa Blanca, con el acuerdo o no de sus ciudadanos, desde territorio colombiano, con la pandemia azotando en nivel 3, y como una nueva imposición a la libre determinación de los pueblos, Donald Trump planea otro golpe de timón para subir en las encuestas; publicitando un deja-vu.

Una aventurada acción para tapar huecos, invadiendo, como si no hubiera más que hacer, un país petrolero; aunque Colombia, otra vez, aportaría los cuerpos al aquelarre, provenientes de la invasión y del COVID-19. En esto de aportar cuerpos, nuestros países también comparten experiencias.

Allí en Colombia han instalado puente de mando, pero, el USS T. Roosevelt y el USS Guajira no son los únicos buques contagiados en el arsenal, y por los vientos que soplan, este alegórico portaviones Wayuu seguirá replegado -en modo de combate virtual-.

Se requerirá más que palabreros para empujarlo por las cálidas aguas del mar caribe. El proyecto de invasión contaminado de estrategias electoreras, uribismo, y lamentablemente para los colombianos también COVID-19, está pronto a desaparecer de los titulares.

No tendrá un hilo en la cuenta de tweet del veleidoso capitán Trump, quién siempre tuvo rumbo hacia el próximo episodio electoral.

Colombia seguirá a los aires del triste vallenato de la historia que se repite, como en las costillas de una concertina, haciendo de tripas corazón para capear la crisis. Al menos, así las cosas, por ahora, y quizás gracias al COVID-19 o los mismos vaivenes del oleaje político, ya no habrá invasión de Venezuela. ¿Y qué sucederá con la nave neoliberal? Esa bitácora está en puntos suspensivos.

En cuanto a JOH, no le asigné rango de mar en esta analogía, no se lo merece. Según testigos de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, que obtuvo la condena contra su hermano, “el capo a gran escala Antonio Hernández”; JOH -alias CC4 en documentos de esa fiscalía- ya tiene su rango ganado con sangre indeleble de inocentes: Patrón de la banda criminal que desgobierna Honduras.

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