Venezuela: la propagación comunal que viene (I)

No es nuevo el recurso de comparar al cuerpo social y a los países o ciudades con su similar biológico, el cuerpo humano.

La explosión de organismos pasivos, agresivos o más o menos inocuos que somos; los virus y bacterias que decidimos ser, llevamos aquí y allá la información y las sustancias que afectarán a este órgano o a aquella muncipalidad, al sistema o aparato digestivo o al corredor o territorio que comete el error o el acierto de permitirnos circular en sus cavidades. Un reciente símil publicado en Twitter corrió con suerte:

El chavismo, a través de los CLAP (una de sus enzimas aglutinantes más eficaces) se mantiene activo en el sistema circulatorio para que el cuerpo social permanezca en reposo”. El ejercicio da para docenas o centenares de asociaciones por el estilo.

Permanecer en reposo es la recomendación del momento en todos los países del mundo, es la indicación universal dirigida a los ciudadanos que no tienen algo realmente crucial que hacer en la calle.

Venezuela, país en el que descuidarse, bajar la guardia y desmovilizarse equivale a ceder espacios y ventajas decisivas, la imagen de “sociedad en reposo” amerita otra vuelta al recurso visual basado en la anatomía: el enfermo permanece acostado, con altísima tempertura, inmóvil en su enorme tensión, que va por dentro: los anticuerpos, plaquetas y glóbulos defensores contra la infección están activos como nunca. Arde el paciente porque la actividad interior es extrema.

Tenemos el privilegio, o la fortuna, de poder decir que uno de los ejércitos o brigadas que se han ocupado de las tareas de distribución de alimentos, es la ciudadanía organizada en estructuras de una construcción todavía en etapa germinal: el Estado Comunal.

Las comunas todavía en pañales, o incluso en gestación, han aportado mucho del músculo efectivo para que a la población le lleguen indicaciones, información, implementos, alimentos.

El anuncio presidencial de la obligatoriedad de usar mascarillas o tapabocas activó masivamente el funcionamiento de una formidable industria textil instalada en núcleos familiares y comunitarios, basada en la reutilización de materiales, en la creatividad en el diseño, y en el dato central: la solidaridad como motor de la acción social.

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Lo anterior ocurrió simultáneamente en casi todas las entidades del país. Pero este análisis pretende concentrar su microscopio en Barcelona, capital del estado oriental de Anzoátegui, un foco febril que valdría la pena llamar “de perturbación”, incluso cuando su vocación sea constructiva (porque para construir algo hay que demoler lo anterior o lo existente, fatal e inevitablemente).

Tres días antes de la declaratoria de cuarentena social obligatoria me fue concedido el inesperado honor de recibir una invitación para participar en un evento multitudinario en Barcelona, el “Primer Congreso Municipal de Comunas”.

Justo cuando me dirigía al lugar de encuentro el presidente Nicolás Maduro emitió la primera gran alerta nacional debido a las noticias relacionadas con el coronavirus (COVID-19). Su mensaje al país recomendaba evitar las aglomeraciones; esto ocurrió horas después de haberse inaugurado el encuentro, que congregó una cantidad de personas calculada en 400 a 600 personas.

El resto de la actividad se suspendió, pero de todas formas tomé la decisión de acudir a esa ciudad, de la que un colega periodista es el alcalde, Luis José Marcano.

>>Luis J. Marcano: «Las comunas permitirán la superación del capitalismo en Venezuela»<<

En un país que se ha convertido en noticia por su empeño en nadar a contracorriente, sería imperdonable perderse una invitación a mirar de cerca el movimiento de ese asteroide o cometa de la natación.

El virus, tal como el capitalismo, fomenta el individualismo y el aislamiento, y en Barcelona la vocación seguía siendo de movilización del más alto sueño colectivo y colectivista del siglo.

Paréntesis necesario, por tratarse de un texto dirigido fundamentalmente a lectores no venezolanos.

El contexto emocional en varios círculos venezolanos, sobre todo entre amigos cercanos o conocidos chavistas y revolucionarios, debo revelarlo o confesarlo, se ha nutrido en los años transcurridos desde la muerte de Hugo Chávez de una amarga pregunta: ¿existe una revolución en Venezuela? La amargura revela a veces algo de ignorancia o desubicación: “¿Es ‘esto’ una revolución?”.

La prehistoria de esa forma de desencanto registra un momento insólito o desesperante, en el que la militancia comenzó a creer que la misión de hacer la revolución le corresponde al gobierno. Así, cualquier decepción, dificultad o desacuerdo suele desembocar en la trágica conclusión de que ya no hay revolución en Venezuela.

>>Las comunas en Venezuela, socialismo real<<

Es fácil recordarles a ciertos militantes que esa tarea histórica le corresponde al pueblo y no al gobierno. Un poco más complejo es hacerles entender a esos mismos compañeros de historia que la Revolución es esto que existe, no ese proceso maravilloso y perfecto que cada quien tiene dentro de la cabeza.

La primera década del siglo nos permitió pendular entre unos años de inestabilidad y otros de bonanza; la segunda, fue el duro aterrizaje en la realidad de la conspiración transnacional, la muerte del líder fundamental, y el atentado directo de Estados Unidos a la criatura que ese mismo hegemón moldeó durante todo un siglo.

Tenemos un país urbanizado a la fuerza, y cuyas fuentes y formas energéticas (electricidad, combustibles, alimentos, gas doméstico, recursos hídrico) las diseñó, construyó e hizo funcionar Estados Unidos.

Cuando Estados Unidos decidió hacer colapsar esas fuentes lo logró mediante acciones rápidas y de fácil ejecución: sabotaje físico y cibernético, y bloqueo financiero.

La sobrevivencia o superación de las sucesivas crisis de violencia, cortes de energía y sabotaje de la vialidad y los servicios básicos, fueron posibles gracias a un recurso que no ha sido lo suficientemente analizado: la desurbanización de las formas de lucha y la vuelta a la ruralidad en busca de formas energéticas primordiales: cocina a leña, reencuentro con manantiales olvidados, agriculturas marginalizadas, comunicación al margen de las nuevas tecnologías.

La tercera década recibe a Venezuela en una encrucijada interesantísima, aunque peligrosa (o interesante precisamente debido a su peligrosidad): vuelta al momento en que debemos subsistir prácticamente sin recursos, y ahora con una amenaza concreta disparada desde los más rancios centros de poder del planeta, y además con la obligación ética de hacerlo “huyendo hacia adeante”: aunque rendirse y entregarse al enemigo pareciera una buena opción para acabar con la amenaza criminal, la redención verdadera es el encuentro con el proyecto original que nos trajo hasta aquí.

Aquí”: decisión de las mayores potencias capitalistas de liquidar nuestro proyecto, y/o de liquidar físicamente a nuestros liderazgos.

Vuelta a Barcelona: asistimos al momento asombroso en que un alcalde y su equipo decidieron desmontar una estructura heredada de la sociedad burguesa (la alcaldía).

Desmontar”: hacerla ceder espacios, no al enemigo sino al pueblo organizado en comunas. Lo que en otras localidades ese acto es llamado en clave de espanto y tragedia “ceder el poder”, acá significa hacer lo que desde el año 2009 anunciamos que íbamos a hacer.

Lo anunciamos”, no: lo propuso Hugo Chávez en la que fue probablemente su clase magistral más colosal y visionaria, y nosotros dijimos que sí, tal vez automáticamente o sin saber de qué se trataba o cómo hacerlo. Fuimos lentos, hasta que surgió el liderazgo capaz de encontrar la ruta de su ejecución.

Barcelona es una ciudad que ya anunciado la construcción de la Ciudad Comunal. En todo el país hay oídos y sentidos atentos a lo que está ocurriendo allí. La fiebre comunera anuncia perturbaciones en un país aparentemente paralizado. No solo los virus malignos se propagan a alta velocidad.

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