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La OTAN es peor que el caballo de Atila: Afganistán regresa a las tinieblas

La salida de EEUU en Afganistán, impidiendo a la mayoría social cualquier alternativa para rechazar la contraofensiva talibán, deja al país sumido en las tinieblas.

Una frase que se pronunciaba a diario en el tardofranquismo era la de «dar la vuelta a la tortilla«. Se usaba para rematar el consejo de no meterse en jaleos políticos favorables al bando franquista porque se temía que cuando muriera el dictador las huestes comunistas triunfarían en una hipotética nueva guerra civil y, con la vuelta a la tortilla, la grey franquista sería duramente represaliada.

A la vista de todos está que no hubo ninguna vuelta a la torta ni a la tortilla, muerto el dictador, todo el mundo siguió en su puesto.

¿No ha existido esa frase, o equivalente, en ninguno de los idiomas que se hablan en Afganistán? En España, el cambio de una dictadura burguesa a una dictadura del proletariado era muy hipotética, pero se contemplaba la remota posibilidad.

En Afganistán, el cambio de un régimen títere a uno teocrático entraba en los cálculos de todos los analistas políticos del mundo, menos, al parecer, en parte de la población afgana que vivía al amparo de las tropas otanistas.

Miles de afganos se pusieron a trabajar para las fuerzas armadas de ocupación. La principal, la que llevaba la voz cantante, era la estadounidense. Fuerzas invasoras de gatillo flojo, culpables impunes de matanzas de civiles compatriotas.

Lo más probable es que esos colaboradores nunca perdieran la esperanza de que los soldados estaban ejecutando la promesa de sus Gobiernos de instalar la democracia en ese remoto país asiático, aunque para ello hubiera que derramar alguna sangre inocente.

Las noticias que nos llegaban de allí los últimos años no hacían pensar que la democracia estuviera afianzándose. Las palabras más recurrentes eran «corrupción«, «muerte«, «discriminación«, «pobreza«, «hambre«… «avance talibán«.

Las condiciones de vida de las mujeres solo habían cambiado mínimamente en las zonas controladas por las tropas invasoras. El equilibrio era muy inestable, y a pesar de ello, miles de afganos seguían trabajando para los ejércitos occidentales o enrolados en la policía o el ejército afganos, instruidos por los otanistas y cómplices en el mantenimiento de la corrupción imperante.

Cuando Trump dijo que EEUU tenía los días contados en Afganistán, las autoridades autóctonas sabían que los veteranos guerreros talibanes no desaprovecharían la ocasión para lanzar una cruenta ofensiva, por lo que el camino a transitar solo podría tener tres direcciones: organizar con tiempo la desbandada general en las zonas controladas por las tropas invasoras o encomendarse a las entrenadas tropas propias.

El tercer sendero sería armar al pueblo, como hizo el Gobierno republicano español, y que defendiera lo poco que se ha conseguido avanzar después de tantos años de retroceso desde la derrota comunista a manos de los protegidos de Reagan y Thatcher. Pero el pueblo armado es muy peligroso para los intereses occidentales, porque siempre derivan a soluciones izquierdosas.

Ninguno de los tres caminos se ha seguido. Los talibanes han realizado un paseo militar, no han encontrado resistencia en su ida a Kabul. La desbandada solo se le ha permitido a los que serían tratados como traidores por los talibanes, las tropas autóctonas no han presentado resistencia alguna y el pueblo no ha sido armado.

Las tinieblas se vuelven a cernir sobre Afganistán, como ya lo están Libia o Yemen. La OTAN es peor que el caballo de Atila.

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