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Los baños de masas de Ayuso: megalomanía contra el «socialcomunismo»

La presidenta madrileña Díaz Ayuso acostumbra a darse baños de masas en los que se corea su apellido y se carga contra el gobierno legalmente establecido.

No hay acto público más deseado por un líder fascista que un baño de multitudes. Es ahí donde se encuentra en su salsa, es el momento cuando más se siente querido por su pueblo (el resto del pueblo es potencialmente liquidable).

La presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid, candidata electa de un partido conservador neoliberal, al menos en sus estatutos, lleva ya unos cuantos baños de multitudes desde que inició su pulso particular contra el gobierno «socialcomunista» desde su mismo momento de constitución, contando con la inmensa ayuda de la pandemia de la COVID para hacer más patente su intransigencia con los rojos totalitarios.

Aprovechaba cualquier resquicio para organizar un acto en el que las multitudes la vitorearan y corearan su apellido. El último ha sido en una universidad católica. En volandas la llevaron sus corifeos hasta el salón preparado para lanzar sus diatribas contra los cercenadores de la libertad que acaparan el gobierno de la nación, sostenido por etarras, separatistas y antipatriotas varios.

Hay que recordar que medró en su partido llevada de la mano de la que fue lideresa indiscutida del partido conservador en Madrid durante muchos años. Aunque la actual presidenta no habrá olvidado que la obligaron, siendo una completa desconocida incluso para sus propios votantes, a encabezar unas listas cuya derrota era un clamor y plenamente asumida por el partido, lo cual suponía su final en su corta carrera política.

Pero sus más que probables rezos dieron su fruto cuando fue posible una coalición con un partido bisagra al mejor postor y otro neoliberal retrógrado para formar el gobierno autonómico.

La cabeza de turco, obligada a dar el paso adelante para su sacrifico, se convirtió en presidenta. Así son las carambolas en las democracias burguesas. Y particulares en España, porque sus correligionarios europeos jamás habrían entablado siquiera conversaciones con un partido racista y homófobo.

Su simbiosis política cada día más clara con esta formación cuasifascista y anticomunista puede llevarle por derroteros escabrosos. Por ahora, quiere dar el salto a liderar su partido en Madrid, candidatura con la que no contaba su nomenklatura.

Como un torbellino político, como lanzada por unas masas enfervorecidas a ella entregadas, se atreve a desafiar a sus correligionarios para dirigir ella desde el puesto de mando la batalla contra el comunismo, no el ya derrotado madrileño, sino el nacional que está destruyendo España.

Su mejor carta de presentación serán las imágenes de las masas interclasistas coreando su apellido. Y la aceptación incondicional, por sus aliados neoliberales retrógrados, de su liderazgo en la lucha por la libertad (entendida en su única acepción de libertad de mercado).

Por ahora, la oligarquía española no necesita acudir al fascismo para mantener sus privilegios, y parece que tampoco a la larga, así que esos baños de masas de la presidenta madrileña puede que solo se deban a su megalomanía o a darle envidia a sus aliados cuasifascistas. ¿O son un aviso a navegantes de la fuerza popular arrebatada a la izquierda?

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